lunes, 20 de agosto de 2018

Dominica y el espejo

Dominica sabía que su abuela le ocultaba muchas cosas. Tumbada boca arriba sobre la cama de su habitación del hotel, sudaba como un pollo porque era pleno verano.


viernes, 6 de julio de 2018

La gasolinera

Marta tenía que volver a esa gasolinera. Cogió la escopeta de caza del fondo del armario, algo de munición, y se fue sin tomarse la pastilla de las nueve.

Cuando llegó allí era de noche. La gasolinera le pareció sumergida en un gran banco de niebla, como cuando mojas una galleta gorda en una taza de chocolate espeso. En cualquier momento una mano anónima podría derramarlo.

Marta dejó el coche junto a un surtidor. Le costaba respirar. Miró alrededor y vio que estaba sola. Hacía frío. ¿El tiempo se había detenido en aquella gasolinera? ¡Qué idea más tonta! Se abrochó el abrigo y cogió la escopeta. Entonces, entró en la tienda.

La última vez que estuvo allí, se entretuvo ojeando revistas y seleccionando distintas chocolatinas como cualquier mortal. Esa noche solo reparó en el hombre que, tras el mostrador, comía pipas mirando el televisor que colgaba encima de él.

Apoyó el cañón de la escopeta en el mostrador.
-Buenas noches- dijo, muy seria.
-¡Pero qué...! ¡Marta!- gritó Sebas al girarse-. ¿Qué haces?
-¡No te muevas, mamón! Vengo a por el dinero que te prestó mi marido...- Cargó la escopeta.
-Marta, guapa, espera...- El gasolinero apartó con la mano la posible trayectoria de la bala. No podía creer que la loca mujer del Manuel estuviera amenazándole.- Mira, yo no tengo ese dinero aquí...

-¡Cómo que no!- chilló Marta-.  ¡El otro día dijiste que habías tenido una buena racha en el bingo! ¡Y yo comprándote chocolatinas! ¡Eres un cabrón! ¡Sabes que lo estamos pasando mal y tú de cachondeo!- La escopeta se le movía en un vaivén amenazador.- ¡Venga, si no quieres que dispare esta cosa!

Marta estaba nerviosa y tenía ganas de vomitar. A ver si ese idiota le hacía caso y movía el culo. No podía arriesgarse a que alguien entrara en la tienda.

-¡No voy a darte nada, estúpida!- Marta dio un paso atrás, sujetando todavía el arma con las dos manos.
-¿Cómo dices?
-¡No voy a darte nada! ¿Y sabes por qué? Porque ese dinero no es solo mío. Tu maridito también tiene algo que ver en esto...
-¿Qué estás diciendo?- A Marta le iba a estallar la cabeza.
-¡Pues eso, tonta!- Sebas cambió el tono:- ¡Que Manolito, tú y yo somos ricos! ¿No te ha dicho nada?- Y sonrió como lo haría una vaca estreñida. Sabía que Marta estaba tomando medicación. Tenía que camelarse a esa loca.

Ambos miraron hacia la puerta. Alguien había entrado en la tienda. Manuel, su marido, había ido a echar gasolina. Cuando este se percató de que su mujer estaba apuntando a su colega con una escopeta, lo miró buscando una explicación. ¿Que podía saber Marta?

-¿Qué haces, cariño? ¿De dónde has cogido esa escopeta? ¿Estás de broma?- Manuel, intentando no parecer alterado, sonrió acercándose a ella.
-¡No, guapo! -Marta apuntó hacia él. Seguía muy enfadada.- ¿Cuándo me lo ibas a decir, eh?
-¿Qué pasa? ¿Qué le has dicho?- preguntó a su compadre.

El otro salió de detrás del mostrador y más contento que unas pascuas se abrazó a su amigo y se puso a darle palmaditas en la espalda.
-¡Nada, hombre! Que tenemos bastante dinero para los tres. ¿Verdad que es fantástico?

Manuel no pensaba lo mismo. El dinero que habían ganado en el bingo, todo, íntegramente, lo había invertido en apuestas online, por su cuenta y riesgo. Y lo habían perdido todo. Ya no tenían ni diez euros.
-¿Por qué le dices eso, eh? ¡¿Por qué?!- Manuel perdió los nervios y comenzó a golpear a su amigo. Marta dejó caer la escopeta, asustada.
-¡Manolo, para, para!- gritó Sebas, quitándoselo de encima.- Solo le he dicho la verdad, ¿eh? Que tenemos dinerito suficiente para los tres, que...- Sebas miró a Manuel y se dio cuenta de que algo no iba bien. Marta había vuelto a coger la escopeta.
-¿Qué pasa, Manuel? ¡Mírame! ¡¿Qué pasa?!
-Ya no hay dinero- contestó Manuel. Marta, que los observaba a los dos, no daba crédito. ¡Qué par de sinvergüenzas! Sabía que su marido era muy aficionado a las apuestas. ¡Seguro que algo de eso tenía que ser!
-¡¿Cómo?!- Estalló el gasolinero.- ¿Qué estás diciendo?- La tienda empezó a darle vueltas peligrosamente. Notó como la sangre le subía a la cabeza y empezaba a asfixiarlo.

Manuel le dijo la verdad.
-Anoche lo aposté todo y lo hemos perdido...

Sebas notó cómo se lo llevaban los demonios. En dos segundos, empujó a Marta, le quitó la escopeta de un manotazo y mandó a su compadre al otro mundo dejando la gasolinera de nuevo en silencio y sepultada bajo la niebla.

El Poeta

Sabía que ese chico iba a estar poco tiempo en este mundo. Maldito sexto sentido. Cruzarme con él era un privilegio que, tarde o temprano, se esfumaría como el frío rocío de la mañana cuando sale el sol.

Nadie puede robar aquello que no se ve. Yo robaba alientos de vida, decía mi tía Milagros, dueña del pub El Poeta y con más arrugas que un carcamal.
—¡Lo heredaste de tu madre! ¡Esa maldición acabará con la familia!—gritaba lloriqueando varias veces al día.
Creía firmemente en ello, y yo crecí a su lado creyéndomelo. Porque, a lo largo de mi vida, me habían pasado "cosas" bastante raras.
—No eres la única, ¡ya lo sé! Pero maldito dedo que te tocó...
A mí eso me consolaba bastante.

El Poeta no tenía luces cálidas, ni manteles rojos. Tampoco velas ni vistas al mar. Versos sueltos decoraban las paredes. Algunos enteros, otros por completar. Todos deseaban ser vividos. Aquí solo venían dos tipos de personas: las robadas y las ladronas. En la primera visita ya tenías encima a la tía Milagros, dándote una palmadita en la espalda y diciéndote entre risas:
—¡Suerte, amigos! Tanto si os quedáis como si no...

Mi tía se ponía tras la barra y yo me ganaba un dinero poniendo copas.

Mario no era como los demás. O quizás sí. Era como los demás, pero miraba de forma distinta. Hasta sus andares lo eran. Llevaba varios fines de semana encontrándomelo en el pub. "Unos fuman, otros beben, otros se drogan y otros se enamoran". Gran frase resumen de nuestros últimos encuentros.

La última noche que lo vi andaba cabizbajo y triste. Vino solo. Se sentó en una mesa, bajo el verso "Hoy me asomé otra vez al mismo precipicio...". Mi tía estaba atendiendo las mesas del fondo, así que me acerqué a él. Puede ser una invención mía, pero creo que la gente, cuando viene a este pub, elige la frase bajo la que sentarse. Sus caras, sus movimientos, me dicen que se identifican con ella.

—Hola, ¿qué te apetece tomar hoy? —Intenté parecer lo más risueña posible.
—Quiero hablar contigo. ¿Puedes sentarte un rato? —Estaba tan serio.
Sin dudarlo, me guardé la libreta en el bolsillo y me senté frente a él. "Eres la compañía con quien hablo / de pronto, a solas" era mi verso favorito. Me los sabía todos de memoria, y los repetía en mi interior cuando iba de mesa en mesa.
–¿Qué ocurre, guapetón? No puedo estar mucho tiempo —susurré. Quería parecer distante y despreocupada, pero en realidad deseaba saber qué le pasaba.
—Amanda, mírame, no puedo más. ¿Qué me está pasando?
—¿Qué quieres decir? —Ojala hubiera podido calmar su dolor.
—Siempre lo hemos pasado genial. Me encanta estar contigo, pero cuando me voy me siento fatal. No tengo fuerzas para nada. Todo se derrumba a mi alrededor...—Me cogió una mano, pero yo la retiré. "No te buscaba, pero besas mis instantes".
—No sé, Mario. ¿Por qué no vas al médico? Unas vitaminas a lo mejor pueden animarte. —Sonreí y me sentí como una furcia:— ¿No será que has trasnochado mucho últimamente?
Yo ha había decidido lo que era mejor para él. Y para mí.
—Amanda... —Me miró extrañado—. ¿Qué te pasa?
—Mario, creo que deberías olvidarte de mí y pasar página. Vete a casa, descansa. Verás cómo mañana te encuentras mejor...
Mi tía Milagros venía hacia nuestra mesa con cara de pocos amigos.
—¡Mario, vete! Hazme caso, por favor... —Casi le empujé. Era más bien una súplica.

No volví a verle más.