lunes, 28 de enero de 2013

Oro, incienso y... Baltasar

(*) Un único apunte: este relato se puede considerar como continuación de El Juego, el primer relato que subí al blog en diciembre. Os recomiendo su lectura para entender ciertas cosas de esta segunda parte, si aún no lo habéis hecho.


— ¡Tíaaaa! ¡Si no vuelve usted aquí esto se va a convertir en el camarote de los hermanos Marx! —gritó Teresa, desde el interior del salón parroquial.

Los niños, vestidos de pastores, ángeles y otros personajes del belén, corrían detrás de las gallinas, que cloqueaban locamente por toda la sala. La mula y el buey ─dos niños de nueve años bastante robustos─ dispersaban la paja muy hábilmente. Teresa intentó poner orden persiguiendo primero a unos y luego a otros, pero no coordinaba una. Finalmente, optó por sentarse a contemplar la caótica escena.

 
Andrés volvía a rondar por su cabeza. Se había ido sin decirle adiós, dejándole una nota antes de esfumarse: Conozco a uno que me puede ayudar. Volveré pronto. Pensaré en ti. No me olvides
“¡Es un sinvergüenza! ¡O haces algo, Señor, o me va a volver loca!”, pedía ella, mientras Sor Milagros, su tía de setenta y cinco años, entraba en el lío y con una gran voz se dirigía a los críos.
— ¡Niñooos, lo habéis hecho muy bien! ¡Ahora vamos a recogerlo todo que mañana es el gran día! ¡Venga! ¡Pablo! ¡Luis! ¡Coged esas gallinas y metedlas en las jaulas, que deben estar vivas mañana! —exclamó, acercándose a ellos. Tras besarlos ruidosamente volvió a gritar: —Y vosotros, animalitos del pesebre, ¡utilizad las escobas para juntar toda esa paja! ¡A cambiarse todo el mundo!
Así, uno a uno, los niños fueron obedeciendo a la monja, cual soldado a su mayor oficial. Teresa, haciendo trizas sus más íntimos pensamientos, ayudó también.



Al día siguiente, faltaba poco para la representación teatral de la adoración de los reyes magos al Niño Jesús. Sor Milagros estaba preocupada porque no tenían reyes magos: una indisposición estomacal de última hora los retenía en la cama contra su voluntad.
—Un portal de belén sin reyes magos, ¿dónde se ha visto eso? ¡Dios bendito, mándame una señal!

Llamaron al timbre. Casi le da un vahído. “¿Un enviado de Dios?”, pensó ella.


—¿Quién es?—preguntó, abriendo muy despacio la puerta—. ¡Andrés! ¿Qué haces aquí otra vez, eh?
—Buenas tardes, tía querida ¿Cómo está? —le dijo él. Quitándose la gorra, hizo una pequeña reverencia ante la monja, y se ocultó rápidamente tras ella.
— ¿Qué haces, criatura?
—Escondiéndome, señora.
—¿De quién huyes? —Sor Milagros se asomó a la calle. Dos hombres se acercaban rápidamente por la derecha, sabía quiénes eran. Tuvieron que esquivarlos en Nochebuena, previo pago de veinte euros al taxista que las había recogido en el aeropuerto de vuelta al convento. Todo culpa del exnovio de su sobrina. No estaba dispuesta a dejar que le fastidiaran la tarde todavía más.
Dirigiéndose a Andrés, que temblaba de arriba abajo, le señaló una puerta.
—¡Métete ahí dentro y no salgas!
Andrés obedeció. Huía de ellos, sí, como siempre. Les debía mucho dinero y no quería que le quitaran las preciadas joyas con las que su contacto le había pagado un pequeño servicio.


Sor Milagros estaba muy enfadada. Cuando los dos gorilas llegaron a su altura, les preguntó a bocajarro:
—¿Qué quieren?
—Buscamos al tipo de la gorra que se ha colado aquí. ¡Déjenos entrar! –le dijo uno de ellos, levantando el puño, amenazador.
—¡Esto es un convento, ¿saben ustedes?! —gritó la monja—. Aquí hacemos de todo, menos levantar los puños, ¿se enteran? ¿Qué se han creído? ¿Que pueden venir a la casa de Dios a levantarnos la voz? ¡Voy a llamar a la policía!
Los dos hombres se miraron estupefactos.
—El jefe nos matará si volvemos sin nada—dijo el más bajito en voz baja a su compañero.
—¡Déjenos entrar! —repitió el otro.
A Sor Milagros, que estaba desesperada, se le ocurrió preguntar:
—¿Les gustaría hacer de reyes magos?
Hubo un parón.
—Pero, ¿qué dice, señora?
—¿Está loca o qué?
—Nooo. Es que tenemos un teatro navideño dentro de ─miró su reloj─ nada, y ¡se me han enfermado los tres reyes! ¡Ay, Dios! ¿Qué hago? ¡Si Él les ha traído aquí será por algo, ¿no?! ¿No les dan pena esos niños?
A los gorilas les importaban un bledo esos críos pero, mirándose de nuevo, convinieron que podía no ser una mala idea. Todo por pillar al gorrilla.

Andrés escuchaba desde su escondite. No se lo podía creer. ¿Qué hacía esa vieja? Estaba metiendo al lobo en su propia casa… Bueno, quizás no era tan mala idea. Necesitaba ver a Teresa para pedirle que le guardara el botín. Decidió unirse al grupo.
—¡Yo seré su rey Baltasar, querida tía! ¿Dónde hay que vestirse?
Al verlo, los dos tipos quisieron abalanzarse sobre él, pero a Sor Milagros le bastaron tres segundos para interponerse entre ellos y se los llevó a los vestuarios.
—¡Haya paz, haya paz! ¡Vámonos, por favor! Un poco de desfogue no les vendrá mal… ¡Después podrán seguir persiguiéndose!

Misterios de la Navidad.



 Teresa estaba terminando de vestirse de estrella de oriente. Casi se desmaya cuando vio a su tía acompañada de Andrés y los dos gorilas del aeropuerto.
—Pero, pero, tía…
—Calla, sobrina, calla. Mira, estos van a ser nuestros reyes magos: Melchor, Gaspar y… Baltasar, ¡tu peor pesadilla!—le dijo, con sorna, arqueando las cejas.
—¡Hola cariño! ¿No te alegras de verme?—Andrés intentó darle un beso.
—¡Andrés! —Sor Milagros lo agarró de un brazo—.Ven para acá y empieza a embadurnarte la cara con pintura negra o soy capaz de… Vosotros dos, poneros esas barbas, las coronas y las túnicas... Solo nos falta el oro, el incienso y la mirra...—dijo, echando una ojeada a su alrededor.
—¡No se preocupe, querida tía! —le dijo Andrés, con la cara medio pintada. Éste sonrió a Teresa que, junto con su tía, gruñeron un poco, pues seguro que eso quería decir que algo se traía entre manos. Sus perseguidores lo miraron con cara de pocos amigos. Ya se habían vestido; estaban espectaculares.


—No tendremos que abrir la boca para nada, ¿verdad?—preguntó uno.
Teresa les dio un papelito a cada uno.
—Leed esto, ¿vale?

Se hizo el silencio en el interior del salón parroquial. Una voz anunció: “Vamos a dar comienzo a la representación de la Navidad. Por favor, guarden silencio”.

—Chisss… ¡poneros en fila! ¡vamos a empezar!—avisó Sor Milagros. Dirigiéndose a los reyes, les dijo: —Mirad, como no tenemos los regalos para el Niño Jesús, las coronas servirán. Cuando subáis al escenario, yo me pondré cerca vuestra y os avisaré de todo, no os preocupéis.

El escenario apoyaba su espalda sobre la pared del fondo del salón parroquial. Una gran cortina ocultaba su contenido. Delante de él, varias filas de sillas, abarrotadas de padres y madres emperifollados, flanqueaban una larguísima alfombra roja que, desde los pies de la escalera que daba acceso al escenario hasta la puerta de entrada al salón, esperaba desplegada a sus visitantes.


Se corrió el telón. A la izquierda del escenario, en el portal de belén, María acunaba al Niño Jesús, mientras José, con un candil en la mano, los vigilaba. La mula y el buey, a su lado, les daban calor. Las estrellas brillaban en el cielo, gracias a un decorado que los niños habían hecho a base de cartulina amarilla pegada sobre un fondo azul marino. Los ángeles, a la derecha del escenario, junto a una hoguera, cantaban una canción moviendo sus alas, alas que habían tenido que volver a pegar varias veces.

Cuando Sor Milagros abrió la puerta del salón, los padres miraron hacia atrás y comenzó el desfile. Teresa, rezando lo que podía todo el tiempo, avanzaba la primera por la alfombra; como estrella de oriente, guiaba a todos hacia su destino. Le seguían varios pastores muy contentos, llevando conejos, gallinas y grandes cestas de quesos, panes y chorizos, que las madres habían traído para la ocasión. Subiendo al escenario por la escalera, se iban repartiendo ordenadamente alrededor del portal.

Los últimos eran los reyes magos. La monja los seguía de cerca. Caminaban despacio, cabizbajos, con miedo a tropezarse. Los dos gorilas pensaban qué diantres estarían haciendo allí. Andrés pensaba en cómo iba a entregarle a Teresa sus joyas sin que los otros se enterasen. Sor Milagros pensaba que todo estaba saliendo a las mil maravillas. Teresa, desde arriba, no les quitaba ojo. “¿Qué estarían haciendo allí, en su convento? ¡Más problemas!”, pensaba.

Los ángeles callaron y los pastores comenzaron a cantar un villancico. Los reyes magos subieron en dirección al portal y se arrodillaron delante del Niño Jesús. Cuando terminó el villancico, llegó el momento de decir sus frases.
—¡Melchor! —le sopló Sor Milagros, desde la esquina del escenario.
Melchor leyó su papelito.
—Niño Jesús, te ofrezco mi corona de rey…— Por propia iniciativa se quitó la corona, poniéndola a los pies del Niño.
—¡Muy bien! —rió Sor Milagros, haciendo palmaditas.
—¡Ahora tú, Gaspar!
Gaspar arrancó.
—Yo le regalo al Niño este incienso…— Y también dejó su corona, a falta de incienso.
—¡Muy bien, muy bien! —le dijo la monja.
—¡Baltasar!— A Teresa le saltó el corazón en el pecho.
Baltasar estaba algo indeciso.
—Yo le regalo al Niño esto...— Sacó una bolsa negra de su bolsillo interior. La abrió; relucientes perlas y colgantes de oro fueron mostrados a todos los allí presentes en el portal, pero a nadie le dio tiempo a pestañear porque, rápidos como leones, Melchor y Gaspar intentaron levantarse, aunque el escaso espacio que había, sus ropajes, los niños y los animales, les impedían cualquier movimiento razonable… 
Se armó un gran revuelo. Andrés cogió de la mano a Teresa y se la llevó corriendo. Los críos gritaron y los padres también. Los animales saltaron como tales. Sor Milagros se quedó paralizada. Esto debía permitirlo Dios por algún motivo que ella desconocía, seguro. Se apartó, dejando pasar a Andrés y a Teresa y, como no sabía qué otra cosa hacer, empezó a reírse. Dándose cuenta de que Melchor y Gaspar, una vez superados todos los obstáculos, corrían enfurecidos detrás de lo que siempre habían buscado, cogió varias cestas de chorizos y se las colocó delante justo cuando pasaban a su vera. Ellos intentaron saltarlas, pero se hicieron un lío con las túnicas y rodaron por el suelo, junto con los chorizos. Sor Milagros, riéndose a carcajadas, observó que, en la puerta de entrada, Teresa discutía acaloradamente con Andrés. ¡Pobre Teresa! Él le dio la bolsa, separándose ambos antes de que los dos matones los alcanzaran.
—¿En qué lío nos meterá ahora este hombre, Dios mío? —preguntó en voz alta la monja, mientras le pasaban por delante un par de gallinas voladoras.



2 comentarios:

  1. Simpática comedia de situación, en el más puro estilo de los sainetes, recordando las historias de los Quinteros, o más recientemente, aquellas primeras películas de Berlanga, rápidas, frescas, dónde el movimiento de los personajes y su interrelación narrativa forman en nuestra imaginación un mosaico de escenarios alegres y coloristas.

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  2. Muy divertido. Me gustan mucho los de esta temática. Podría ser de los Quinteros por divertida pero faltan tópicos yo lo veo más cercano a Muñoz Seca.

    Un saludo.

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