martes, 23 de abril de 2013

Aquella noche

Aquella fue su primera y última noche juntos. Frank y Susan se conocieron en el garito donde ella cantaba.



Susan no pudo terminar los estudios, su madre no le dejó. Debía ponerse a trabajar, así que durante años la explotaron en una tienda de ultramarinos. Pero era guapa, cantaba bien... Su madre concluyó que, sacándole buen partido a su cuerpo, podría llegar muy lejos. Y lo que decía su madre iba a misa.




Frank estaba arruinado; había invertido sus ahorros en Bolsa, pero a finales de 1929 el país se vino abajo.




Desesperado, lo abandonó todo: dejó a su familia, dejó a sus amigos y empezó a frecuentar el McCarthy's. Whisky, cigarrillos, mujeres hermosas... Por ahora no necesitaba nada más.

Entonces, vio a Susan. Era la dueña del escenario. Oculto por la penumbra, Frank se dio perfecta cuenta de ello. 


El cabello rojizo caía ondulado sobre sus hombros desnudos. El vestido, a juego con su pelo, se le ajustaba de forma muy sugerente. Movía su cuerpo, al son de la música, de forma lenta y minuciosamente calculada. «¿O era la música la que sucumbía a sus encantos?», se preguntaba Frank.



Susan se acercó al micrófono y, con sus manos, lo acarició sutilmente. Sin poner ninguna excusa, el aparato dejó que su voz se expandiera y tomara posesión de los pocos espectadores que allí había. Frank se prometió a sí mismo que iría a verla todas las noches, a la misma hora, en la misma mesa.


Susan sabía que él iba a estar ahí. Desde su posición podía dominarlo todo: se sentía como una diosa. El hombre del traje gris, con el sombrero graciosamente ladeado y el semblante serio… Estaba sentado delante de ella, tres filas más allá, fumando un cigarrillo, y no le quitaba un ojo de encima. Más bien, la miraba embelesado… Como otros muchos. Ella nunca había olvidado lo que le decía su madre: «Puedes conseguir todo lo que te propongas... Solo tienes que cantar, bailar... en definitiva, dominar el arte del coqueteo». Evidentemente, sabía que iba a conseguirlo. ¿Quién podría decir a esas alturas que ella no cantaba solo para él? 



Abordarla no fue difícil. Cuando terminaba su actuación, Susan salía de su trance hipnótico y permitía que cualquiera de sus admiradores le invitase a un trago. Frank fue el primero aquella noche. Levantándose de su asiento, se acercó a ella, le cogió la mano y la besó, pues aún se consideraba un caballero. Susan, naturalmente, aceptó su invitación. Estuvieron varias horas bebiendo y charlando: Susan deseando, por primera vez, ahondar en sus ojos negros; Frank deseando besar aquellos labios carnosos. Ambos necesitaban cariño, pero ¿sabían de qué iba eso?




Decidieron salir a comer algo.



Nadie paseaba por la calle a aquellas horas: era noche cerrada. El dinner de Phillies cuya luz, fluorescente y novedosa, iluminaba extravagante no solo el solitario interior sino también el negro y despoblado exterior, los invitó a entrar. ¿Pretendía, acaso, iluminar también sus deformadas almas solitarias?




—¿Qué desean, señores?— Les preguntó el camarero, vestido con una blusa blanca impoluta.

—Pónganos un café y un bocadillo— dijo Frank, sentándose en la barra junto a Susan.

Mientras comían, rodeados de ese silencio que dicen que se crea cuando parece que ya se ha dicho todo, un desconocido, noctámbulo como ellos, entró en el local sentándose en la barra. Los clientes únicamente se miraron, aceptándose como compañeros en su desolación, y el camarero se limitó a servirle lo que había pedido.




Ninguno podía haberse imaginado nunca este desenlace…




BREVE NOTICIA EN LA SECCION DE SUCESOS DEL DAILY NEWS:

"Esta noche, sobre las tres de la madrugada, se ha producido una reyerta en Candem Street. Según fuentes consultadas por este periódico, dos hombres encapuchados bajaron de un coche azul oscuro y entraron precipitadamente en el dinner situado a la altura del número 502, disparando a bocajarro sobre las personas que en esos momentos se encontraban allí. Las víctimas, dos hombres y una mujer de mediana edad, aún no han sido reconocidas por la policía [...]".







(*) Imágenes 6 y 10 pertenecen a Manuel Martín Morgado. http://fondonegro1.blogspot.com.es/

6 comentarios:

  1. No llegué a tiempo para participar esta vez en este taller, pero con lo que llevo leído de algún que otro compañero me voy llevando muy buen sabor de boca. La historia está muy bien ambientada y te juro que casi podría verles en blanco y negro, como una película de los cuarenta. No puedo decir que el final sea inesperado, pero sí que me llevé un pequeño disgusto con el destino de la pareja que empezaba a conocerse.

    Me ha encantado como has hilado las dos historias hasta el desenlace, aunque haya sido trágico. Hasta para los relatos de corte "negro" tienes mano... ;)

    ¡Un saludo!

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    1. Hola Pedro! Qué alegría verte por aquí! El final de este relato me lo han comentado mucho: algunos no se lo esperaban, otros me han dicho que es previsible y triste. Bueno, es lo que tienen las percepciones individuales, jejeje... Podrías animarte a escribir el tuyo y colgarlo en tu blog aunque no te haya dado tiempo a entregarlo al taller, ¿no? ¡Gracias!

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  2. Me ha parecido muy original que el final se cuente a modo de recorte de periódico. Creo que es un buen recurso para estos textos con límite de 750 palabras, puedes contar muchas cosas en pocas palabras sin que se pierda la magia de la historia.
    Es verdad que el final es trise, pero no siempre puede acabar en "y fueron felices para siempre".
    ¡Un saludo!

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    1. Gracias por pasarte por aquí! Es un placer! Nos leemos.

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  3. ¡Que final mas inesperado y triste! ¿Quien sabe que hubiera sido de ellos, si no? La muerte es tan imprevisible a veces...
    ¡Un saludo!

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    1. Sí, Sandra... La muerte está ahí siempre... Pero me gustó mucho cómo quedó este relato, aun a pesar de su tristeza...

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