jueves, 6 de junio de 2013

La Isla del Moro


(*) Esta es la Escena 9 escrita para el blog de Literautas. El ejercicio consistía en escribir un relato de temática libre con la condición de utilizar la 1ª y la última frase que ellos proponían.


Me giré al escuchar sus pasos. Sabía que era él. Se acababa de divorciar y quería verme. Le había conocido por internet, en una de esas redes sociales donde puedes buscar una cita con alguien que quiera algo parecido a lo que quieras tú. Yo solo pretendía conocer a alguien interesante, que respondiera a mi visión personal de "chico conocible, soltero e intelectual"; así, en resumen... 

No sabía que Víctor estaba casado; abandonado por su esposa, pero casado. Me enteré algo más tarde. Los casados no entraban en mi lista.






Era una delicia hablar con él, tanto, que a pesar del choque de nuestra distinta moral, nos queríamos mucho y seguíamos siendo amigos. 

Me dio un abrazo en cuanto estuvo a mi lado. No hay nada que odie más que ser abrazada por alguien que me gusta y con quien no puedo estar.

Bárbara, vente conmigo a la Isla del Moro.
¿Estás loco? ¿Qué se me ha perdido allí contigo?
Bárbara, sé libre y vente. No te va a pasar nada que tú no quieras...
Ni hablar, no puedo hacer eso. Además, yo ya soy libre, ¿eres tú libre?




Víctor me miraba y sonreía. Sabía muy bien a lo que me refería.





Ya sí. Me he divorciado... Además, quiero cerrar unos negocios allí y te necesito para tener éxito. Eres la única persona de mi confianza que sabe árabe... Y de paso, podríamos bucear o bañarnos en la playa por la noche...

No me habría reído tanto si no lo conociera. Primero, porque pensaba que estar divorciado habiendo pasado por la iglesia— era sinónimo de estar libre; y segundo, porque era un hombre de pies a cabeza que solo pensaba en lo mismo que piensan todos. Solté una carcajada tal, que se propagó amenazadoramente por todo el bar.

¿Qué negocios son esos, Víctor?
Piezas más baratas para vender, sin impuestos, ya sabes...Me dijo, sin apenas mirarme ni levantar la voz.

Casi le doy un pescozón en toda su incipiente calva. ¿A quién se le ocurría recurrir al contrabando de los moros?

¡Pero qué estás diciendo! ¡Te puede caer una buena como mis jefes se enteren de lo que estás haciendo!

Yo era de la policía secreta, especializada en temas con Oriente Medio.

Si no vienes conmigo, seguramente me secuestren y me lleven a uno de sus harenes.Se le iluminó la cara. Te pesará toda la vida sobre tu conciencia. ¡Mala amiga!
Si hago eso me juego el pellejo... ¡Y el alma! No sé qué es peor... ¡No cuentes conmigo! Y me fui a mi casa.

A los pocos días recibí varios mensajes de Víctor por messenger, a los cuales les acompañaban unas fotos muy ilustrativas.





"Víctor: Mira, mala amiga, piñón. Cebando al chino antes de trincharlo...". Adjuntaba una foto en la que aparecía él, super moreno, vestido de blanco, junto a tres moros con turbantes y gordos como focas, sentados en un chiringuito del lugar y rodeados de comida abundante: ostras, cangrejos, pescado azul, langostas... Un festín. Las caras de esos gordos...






"Vaya cuadro pa una madre", le contesté yo.

"Víctor: Vente, no seas tonta... ¡No me entero de un pimiento! :-)".

"Eres tonto si piensas que me voy a ir allí a meterme en la boca del lobo...", le dije.

Algo más tarde.

"Víctor: Esta noche me he colado en la habitación del jefe de los moros y mira lo que he visto...¡Reza por mí! ¡Quizás mañana no esté vivo! Y todo por tu culpa".

La foto era preocupante: armas de distinto calibre, cuchillos de gran tamaño, algunas granadas de mano...






"¿Para qué quieren todo eso?", le pregunté. Pero no recibí respuesta. Empecé a preocuparme. Él siempre me contestaba con cualquier gracia. ¡Vaya por Dios! Pasaban las horas y la preocupación iba en aumento.

¡Nada, que voy a tener que ir a la dichosa isla con un séquito de policías! Exclamé.

Al día siguiente, recibí otro mensaje de Víctor.

"Víctor: Mira tu amigo lo bien que lo pasa, jajaja... O vienes o ya sabes".

"Este hombre...", me dije, riéndome.

Pero la foto que acompañaba al mensaje parecía una instantánea de uno de los más famosos asesinatos de Ben Laden en sus mejores tiempos. Se veía muy mal; había sangre por todos lados. Era una especie de garaje, en cuyo centro Víctor estaba colgado del techo atado de pies y manos, medio desnudo, con la boca tapada e inconsciente. Vivo, creo. ¿Le habían dado latigazos? ¿Quiénes eran aquellos gordos? ¿Por qué querían que fuera allí? Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.





7 comentarios:

  1. Me mata la curiosidad, ¿tendrá una continuación? Me hice seguidora y quiero ver si va y por que la quieren justo a ella. Un saludo.

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    1. Ay, Sandra... No era mi intención hacer una continuación, pero... al igual que me pasa con otros relatos ya publicados, puede ser que sí, que tenga una continuación... quién sabe!! Gracias por hacerte seguidora, Sandra!!! Esepro todo bien por Rumanía. Sé que tu blog es todo un éxito y lo leo de vez en cuando. Un saludo.

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    2. Gracias Elena. Lo siento que no me hice seguidora antes, pero si que pase por aquí varias veces. ¡Nos leemos! Un abrazo.

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  2. Yo diría que bien puede ser ese el final, pero si tuviera continuación, me mata la curiosidad.

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    1. Gracias Holguer Jose por tu lectura y tu comentario. La verdad es que puede acabar ahí y también le pega una continuación...

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  3. Muy interesante y dinámico el relato y nos permite echar a volar la imaginación. Ya sigo su blog.

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  4. De vuelta otra vez por estos andurriales, veo que tienes material para leer. Y menudo material... este relato me ha descolocado un poquito, pues parecía que la cosa iba a ir por los derroteros de aventura amorosa para acabar como el rosario de la aurora y en una localización distinta del principio. No sé decirte si realmente es susceptible de una continuación o no, pero lo cierto es que hay curiosidad de saber qué le ocurrió a Victor, a pesar de que parece ser evidente que se lo van a cargar... de todas maneras, buen relato para variar.

    ¡Un abrazo!

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