jueves, 21 de noviembre de 2013

El aquelarre de Dominica

Dominica decidió visitar a la bruja que se alojaba en el último piso. 




Faltaba poco para que empezara el Seminario "Cómo ser una bruja 10 en el siglo XXI", y el Consejo Mayor le había endosado, por recomendación de su abuela, la exposición de la conferencia inaugural… ¡A ella!, la menos experimentada de todas las que se encontraban en ese hotel, que nunca antes había visto juntas a tantas brujas; ni en los escasos tres aquelarres a los que fue con su abuela y de los que salió mal parada (dos o tres magulladuras de nada).


Si se encontraba en apuros -cosa bastante probable- debía acudir a la bruja que más sabía de todo el chiringuito: Madame Kytelé. Así que voló hacia recepción para que el musculitos vestido de uniforme le dijera dónde se alojaba la vieja: habitación 666, y allá que se fue.


Su abuela había sido muy poco oportuna: apenas controlaba conjuros y pócimas, y encima se asustaba con cualquier movimiento perturbador que se produjese fuera de su campo de visión. Eso no era para ella, lo tenía claro. Prefería heredar el negocio de su padre "el soso", como lo llamaba su abuela: vender manuales de gramática del español, eso es lo que debería hacer. Bueno, primero terminar su carrera de Literatura; después, hablar con su padre.





Llamó de forma intermitente al timbre de la habitación 666. Nadie contestó, pero alguien asomó un papel por debajo de la puerta: "Si eres Dominica, no estoy". ¡Vaya por Dios! Hasta la bruja más vieja había oído hablar de ella, pensaba, alejándose cabizbaja hacia el ascensor. "¡Abuela!", gritaba en su interior, desesperada, "¿por qué me haces esto?".

La causa de todo aquel sinvivir era que había perdido los papeles que contenían la primera charla que iba a dar en toda su vida. Se llamaba "Ser bruja: ¿Moda o realidad?". No recordaba dónde los había metido después de la última noche de insomnio; ni rastro de ellos. Su estómago constreñido le daba a entender que su abuela la iba a matar.


El hotel era un hormiguero de gente. Mujeres de todos los pueblos de la región de España se entrecruzaban con frenesí. Tenían prisa. 




En diez minutos empezaba la conferencia. ¡Ay, Señor! Dominica decidió llamar a su abuela al móvil.

—¿Hola?

¡Abuela!
—¿Qué pasa, cariño?
—Abuela, escúchame. He perdido los papeles. No puedo dar la conferencia.
—¿Cómo? ¿Qué dices? ¡Eso no puede ser! ¡No me falles en esto! ¿Has buscado a la vieja?
—Sí, abuela, sí, ¡pero ha pasado tres kilos de mí!
—Ay, hija, y yo de vacaciones...
—¡Abuela, qué hago! ¡Necesito tu ayuda!
—Mira, Domi, ¡no necesitas mi ayuda! Estoy en las Seychelles y sería un engorro hacer nada desde aquí...

La abuela, conocida como Madame Pentrea, pensaba -mientras regañaba a su nieta- que nada como una ocasión así para que la Kytelé la hundiera en la miseria delante de toda España. ¿Debía ayudarla entonces? Eso iba en contra de sus principios. Ya le había soplado lo de Madame Kytelé, y quería que Dominica aprendiera a desenvolverse sola en ese mundillo.

— Pero abuela…— musitaba la joven, mientras le caían dos lagrimones que se fundieron con el moquillo de su nariz.

¡Que no, Dominica! ¡Ya eres mayor para arreglártelas sola!— Y la abuela le colgó el teléfono. No, no la iba a ayudar… directamente.



Dominica se dirigió hacia el estrado del salón de actos arrastrando los pies. A otra bruja no iba a pedirle ayuda: no quería que el Consejo se enterase de nada ni enemistar a su abuela con el resto de brujas españolas. Secó sus mejillas y se hizo una cola con el pelo. Dos grandes manos apretaban su garganta… ¿Qué había aprendido en coaching? Que era capaz de conseguir todo lo que se propusiera… Glup, glup… No podía tragar… ¡Seguro que se le ocurriría algo!

Tras una nube de humo gris apareció Madame Pentrea, con bañador y pareo a juego, en la habitación 666.





—¡Alicia!—gritó, aporreando la puerta— ¡Ábreme! ¡Soy yo, Elisabeth!

Madame Kytelé abrió la puerta.


¿Qué quieres? Tengo jaqueca.
Alicia, tenemos que hacer algo. Mi nieta esta en apuros.
Cómo no…Ya ha estado aquí y he hecho lo que me dijiste, ¡pasar de ella!
Ya lo sé, pero es mi única nieta…

Por los altavoces, instalados por todo el hotel, se oyó la voz de Dominica:

Estimadas hermanas: Comienzo esta conferencia convencida de que los grandes retos requieren pequeñas acciones.¿Quieres ser una bruja 10? Sé una mujer valiente, segura de ti misma y alegre…”.




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