lunes, 16 de diciembre de 2013

Flashbacks

¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? ¡Por qué!

Recordé entonces que esta frase no era mía, sino de mi hermana gemela. Siendo una niña se cayó de la bicicleta haciéndose una brecha en un ojo. Mi madre la consolaba con sus besos y le limpiaba la herida con agua y jabón. Ella lloraba: "¡Todo me pasa a mí!". Mi padre, en momentos así, se mantenía alejado y exclamaba: "¡No las malcríes tanto, mujer! ¿Quieres que sean unas blandengues como tú?".

Si mi
 hermana hubiera podido verme en aquella situación, temblarían los cimientos de su lógica infantil... ¡Pobre hermana! ¡Cuánto la echo de menos!




Oí una risa fuerte, masculina, fuera de mi habitáculo.

Yo estaba sentada en una silla anclada en el suelo y me habían atado las muñecas con cuerdas retorcidas bastante apretadas, una en cada barrote. Las piernas también las tenía inmovilizadas, a la altura de los tobillos. Otra cuerda me rodeaba la cintura, así que moverme no servía de mucho. Temblaba mucho. Aquél lugar era muy frío.





—¡Socorro! ¿Hay alguien ahí? ¡Ayúdenme, por favor!

Lo último que recordaba era que estaba en casa, sola, tomando una deliciosa taza de chocolate, sentada en el sofá favorito de mamá. Lo hacía cuando la añoraba. Y, de repente... me desperté allí.

Sentí que alguien se acercaba. Tenía los ojos tapados, por lo que solo pude escuchar sus pasos y su respiración entrecortada.





Cuando éramos más jóvenes, mi hermana y yo, metidas en nuestra habitación, solíamos turnarnos al teléfono para charlar con nuestros novios. Mi padre nos escuchaba en secreto detrás de la puerta. Él creía que no nos dábamos cuenta, pero la cadencia de sus pisadas y la forma que tenía de sorberse los mocos, le delataban. Saber que nos vigilaba nos ponía algo nerviosas. Él nunca nos dijo nada, solo gruñía al retirarse y nos miraba silencioso al reunirnos con ellos en el salón. Parecía que nuestra alegría no le gustaba. Todavía hoy lo guardo en lo más profundo de mi mente.

Ya sabía quién era. Junto a mí, de nuevo, la risa cruel. Desesperada, volví a chillar. 

—¡Qué blandengue te has vuelto!

—¡¿Por qué te ríes?!
— grité con rabia.

Me quitó la venda de los ojos y vi que me encontraba dentro del esqueleto de un autobús, abandonado en aquella nave.

—¿Satisfecha, hija?

Paralizada, tuve otro flashback. Mi madre, mi hermana y yo adolescentes, sentadas alrededor de la mesa, comíamos en silencio, con la cabeza gacha ante la presencia de mi padre. Para cualquier otra persona pelar una manzana con la mano izquierda era un logro; para él, un defecto. Teníamos que ser perfectas, inmaculadas, hacerlo todo bien, pero a su manera. Ante la duda, no hacíamos nada. El miedo nos dominaba.

—¡Papá! ¿Te has vuelto a escapar de la cárcel? ¿Qué quieres? ¿Por qué me haces esto?
— Se me saltaron lágrimas de pena, ¿o eran de indignación?

—Querida niña, no me defraudes. Eras la más inteligente... ¡Llorar no sirve de nada!

Mi padre se sentó delante de mí, en una fila de asientos aun sin arrancar. Su rostro permanecía inexpresivo, demacrado también. Estaba más gordo y lo habían rapado. Bajé la cabeza y seguí llorando en silencio.

—Creía que eras distinta a tu madre y tu hermana
— me susurró, acercando su cabeza a la mía.

—¡No las nombres, malnacido!
— grité, ahogada en llanto.

Mi padre me dio un guantazo.

—¡Cállate! Dentro de nada vas a estar con ellas en ese sitio del que siempre hablábais. ¡Nunca entendí tanto desvelo! ¡Tu madre se olvidaba de todo y solo vivía para la Iglesia! Que si las catequesis, que si las misas, ... ¿Y vosotras? ¡Igual que ella! ¡Pavas y blandas!

Levanté la cabeza y me puse a chillar, esta vez llena de indignación.

—¡Eso es mentira! ¿Te faltó algo alguna vez? ¡Nosotras sí que nos desvelábamos por ti! ¡Nunca supiste apreciarlo! ¡Eso que no entiendes es lo que ha dado sentido a nuestras vidas, es lo que ha hecho que nunca abandonásemos el empeño por quererte más cada día!, a pesar de todo... Pero nunca quisiste comprobarlo...
— Paré y tomé aire:¿Y tú? ¡Tú! ¿Nos has querido alguna vez? ¿Por qué nunca nos aceptaste como éramos?

Mi padre y yo nos miramos fijamente. Las sirenas de la policía sonaban a lo lejos.




—Papá, necesitas ayuda. ¡Suéltame, por favor, y solucionemos esto! Por favor...
—Le supliqué, retorciéndome en mi asiento.

—¡Basta ya! Acabemos de una vez con tanto sermón.
— Rápidamente se puso de pie y, dándose la vuelta, bajó del autobús.

Ví que sacando un mechero del bolsillo lo probó varias veces hasta que se encendió. Mi intuición me avisó de una desgracia inminente.




—¡Papá! ¿Qué vas a hacer? ¡No! ¡Dios mío, apiádate de él!

Cuando cumplí dieciocho años, mis padres me prepararon una tarta de chocolate de tres pisos. Mamá me contó que mi padre había estado toda la tarde poniendo las velas y las había encendido, una a una. Yo, ilusionada y agradecida, fui corriendo hacia él y lo llené de besos y abrazos.

                                                        


4 comentarios:

  1. Un relato duro que a mí me ha traído malos recuerdos como a la protagonista antes de morir.
    Ha sido estremecedor y me ha reabierto antiguas heridas, pero debo decir que está muy bien escrito, aunque le faltan sentiemientos verdaderos, debo decirlo. Es muy peliculero, sin ánimo de ofender.
    Si quieres un consejo constructivo, escribe lo que de verdad conoces. Me pasa igual. No puedo dar versatilidad a lo que desconozco. Aun así es bueno.
    Saludos:
    Carol

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    1. Hola Carol! Ya hablé contigo por otros medios.... me faltó decirte que la prota no muere... ella es la que cuenta la historia!!! jejejeje... Un abrazo!

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  2. Cada escritor tiene su estilo particular. Respeto y admiro muchísimo el tuyo, personalmente me gusto y me atrapó desdé el primer momento.

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