domingo, 9 de marzo de 2014

Yet another Cinderella (Una Cenicienta más)

Apuré el paso al escuchar las doce campanadas. No podía llegar tarde a casa, ¡mi madre me mataría! Si descubría el pastel podían caerme diez años más de trabajos forzados. ¿Por qué mis hermanas sí y yo no? Pregunta que rápidamente eliminé de mi mente porque en ese momento no obtendría respuesta. Tenía que irme.


Dejando el mojito en una mesa, me remangué la falda de mi súper vestido color nude, cubierto de encaje con pedrería y escote de cuello de cisne, ¡era maravilloso! ¡Nunca había visto nada igual! Estaría eternamente agradecida a mi madrina. Ni mis hermanas me habían reconocido. Y como una Cenicienta más, con el corazón apretujado por la tensión del momento, eché a correr tan rápido como me dejaban mis hipos. Abandoné los tacones azules con glitter en la entrada de aquella casa señorial. Antes miré atrás un segundo, como la mujer de Lot, pero no me convertí en estatua de sal, sino que me percaté de que me había enamorado aquella noche. No sabía si volvería a verlo.




Lloraba como una magdalena, no tanto porque dejaba allí mis zapatos fashion sino porque también dejaba plantado al chico que los recogía y con el que había estado toda la noche de buen rollo, bailando sin parar y bebiendo mojitos. ¡Mira que irme justo cuando comenzaba lo mejor de la noche! ¡Qué guapo era! Alto, rubio, ojos azules… Todo en su sitio, la verdad; además de culto y bien educado, ¡el típico príncipe que todas queremos en nuestro cuento! Aunque éste no era de la realeza, sólo el hijo mayor de quien manejaba todas las industrias del pueblo; recién llegado de la Riviera italiana, licenciado en Derecho y buscando novia. El reclamo ideal para que todas las chicas se desvivieran por una invitación.

Yo no necesité invitación para aquella fiesta, más bien me colaron. Culpa de mi madrina. Yo ya echaba de menos que nos sacudieran las novedades. Pasarte el día limpiando y cocinando para tres mocos esmirriados, perdón, para mi segunda madre y mis dos hermanastras, no es que sea precisamente el no va más. ¿Por qué no hacía huelga permanente? Mi padre me dijo que cuidara de ellas, y aunque me daban un poco de pena, les cogí cariño. Aun así, a esas alturas, siendo sincera, ya notaba en mi interior algo de desmadre.

Necesitábamos juerga y aquella fiesta nos venía como anillo al dedo. Aunque yo no tenía derecho a ir. Para qué iba a discutir con la mater. Entonces llegó mi madrina a pasar una temporada en casa dos días antes del gran evento, y viendo el panorama, decidió meter mano. Mi casa se convirtió en una jaula de grillos: dos chicas entradas en carnes queriendo meterse con calzador en sendos vestidos de tubo… ¡Yo estaba tan contenta! Sólo a ella se le podía ocurrir llevarme como una camarera más. Me llevé todos los avíos y allí mismo me transformé.

Tras las campanadas, Sebastián, el marido de mi mentora, me esperaba calle abajo montado en su moto BMW de la Segunda Guerra Mundial. ¡No podía ser más discreto! Con ella paseaba a su mujer por todo el pueblo, pavoneándose muertos de risa delante de los vecinos, que los miraban con algo de miedo en el cuerpo, ya que la moto rugía con fuerza y de vez en cuando escupía grandes bocanadas de humo por su tubo de escape.



En ese momento no había un alma en la calle, pero si hubiera habido alguien de la fiesta por allí no me habría reconocido: el moño alto que me había hecho con el pelo ya no existía y mi cara era un collage de maquillajes debido a mis lloriqueos. Estaba muy triste. Sebastián apenas me miró. Arrancó la moto sin decirme nada y yo, ignorando al sidecar, me acurruqué detrás abrazándome a él. ¿Por qué mis hermanas sí y yo no?, volvía de nuevo a preguntarme. Las imaginaba en la fiesta acercándose a Miguel, ávidas de placeres y comodidades, parloteando como cotorras, tocándolo con sus grandes y sucias manos. Cerré los ojos. ¡Qué angustia!

Tras dar un rodeo y sin apenas hacer ruido llegamos a casa. Le di un beso a Sebastián y corrí hacia el corral. Cambié mi precioso vestido por un pijama desteñido. Lo doblé cuidadosamente y sonriendo lo metí en una bolsa de basura donde estaría resguardado de miradas inquisidoras. Después de esconderlo, me fui a dormir.






Al día siguiente todo eran morros. Estaba contentilla, no lo negaré, pero maldecía mi mala suerte. Había conocido al hombre de mi vida y, pensándolo fríamente, no podía haber sitio en la Riviera italiana para la chacha que era. Mis hermanastras revoloteaban a mi alrededor contándome con pelos y señales todo lo que habían disfrutado con Miguel: que si estaba cachas, que si les regalaba sonrisas profident, que si les invitaba a copas, que si bailaba con una y después con la otra, en fin, ¡todo mentira! Yo estuve allí, y a él se le caía la baba por mí. Era increíble que no se hubieran dado cuenta. ¡Qué ridículas!, pobrecitas. ¿Y mi madrastra qué hacía? Las coreaba y alentaba a ser más gilipollas.

¡Por una vez en mi vida quería salir de allí! Echaba mucho de menos a Miguel. «El mérito es de la percha y no del traje», se suele decir. En su caso, percha y traje conjuntaban perfectamente, como el impecable Carlos de Il Divo en una brillante noche de estreno. El traje blanco de Armani era un alucine, y si a eso le unimos los modales del rey Arturo ¡para morirse! Miguel me hablaba entusiasmado de las grandes fincas que asomaban sus balcones al mar de aguas turquesas y esmeraldas, de los paseos por la playa al atardecer, de la delicia de comer pasta fresca y saborear los mejores cappuccinos del mundo, algo que desde mi prisión pueblerina veía bastante lejano e inconquistable. 

Podrías venir algún díame dijo, acercándose más a mí. 

«Oooooohhh, ¡mierda!», grité para mis adentros entre redobles de tambores. «¿Cómo le digo a este pimpollo rubio de ojos azules que yo nunca he sacado una pierna de aquí?». No me mordí las uñas, pero mi corazón acabó mordisqueado, triturado, masticado. ¡Cómo dolía no tener ninguna esperanza!



Sentada en el suelo, a los pies de la cama de mi madrina, lloraba en silencio, mientras ella preparaba la maleta de su visita exprés. No quería que se fuera, aún no. Necesitaba desahogarme con alguien, necesitaba sus consejos. 

¿Tanto te ha gustado ese chico?me preguntó. 

¡Jo! ¡Madre mía!contesté. 

Si no lo conoces de nada.Sebastián también estaba allí. Él no hablaba mucho, pero cuando lo hacía era para decir grandes verdades. Sólo que yo, en ese momento, estaba colada por el playboy

A ver qué podemos hacersentenció mi madrina, mirando a su marido y sacando de nuevo la ropa que ya había metido en la maleta.

Yo volví a mis quehaceres cotidianos: cocinar, limpiar, fregar, ...esas cosas. Si no fuera porque en la iglesia decían que trabajar hacía milagros, lo hubiera mandado todo a freír espárragos. Bueno, mi madrastra era un enorme obstáculo de cemento y ladrillo difícil de sortear. Y mis hermanas siempre andaban detrás, cotilleando, tirándome del pelo y pavoneándose de lo ricas que eran. Pero algo había que hacer, y yo confiaba ciegamente en mi madrina. 



Un par de tardes después apareció presurosa en la cocina moviendo sus alas. ¡Noooo! ¡Es broma! En su cara pude adivinar noticias frescas. Dejé el medio cordero que estaba asando en ese momento y, sentándonos en un par de sillas, me contó que Miguel había estado buscándome por el pueblo. Se lo había comentado la panadera, a la que se lo había dicho la frutera. Por lo visto, después de irme yo de la fiesta, Miguel cogió una tajada impresionante. Llevaba unos zapatos en la manos. A todos les decía que eran de la chica que había estado con él, y que se había ido en un pis-pas sin despedirse de nadie. 

Ya,le dije a mi tíani siquiera de él. 

¿La conocéis?, les preguntaba a unos y a otros. ¿Sabéis quién es?, repetía constantemente.

Por lo visto nadie te reconocióme dijo ella. Y esta mañana le han visto de nuevo corriendo de un lado a otro del pueblo, preguntando a todos si les sonaba una chica alta, morena, de ojos verdes, delgadísima, dueña de unos zapatos azules. 



Mi madrina y yo nos mirábamos sin decir palabra. Estaba segura de que sentía mi emoción. Yo estaba feliz, pero ella no. 

También me he enterado de algunas cosas que ha hecho tu príncipe por ahí. Dicen que es un vividor, y que esta será su próxima víctima. 

¡No me lo podía creer! Pasé de 100 a 0 en un segundo: mi queridísima madrina estaba en contra de que Miguel y yo estuviésemos juntos. 

¡Pero tía! ¡Siempre me has dicho que no hay que hacer caso de las habladurías! ¡Si tú nos hubieras visto juntos aquella noche no te creerías esas cosas!

—Bueno. Ten cuidado, cariño.—Me cogió las manos—.Te lo dice alguien que ha vivido mucho más que tú y sabe hasta dónde puede llegar un hombre frívolo. 

Mi tía tenía razón. Ella había salido con muchos hombres desde su juventud. Tenía historias de sobra para contar; historias de esas que te hacían mayor y más experimentada, y había aprendido cómo eran los hombres. Hasta que conoció a Sebastián, su gran amor. Me dio un beso y salió de mi cocina. Yo me levanté y empecé a dar saltos de alegría. Es lo que tiene ser joven e inexperta en materia de amores. En ese momento, para mí lo más importante era que ¡Miguel me estaba buscando y no sabía que yo estaba muy cerca! 

Tan metida estaba en mi papel de Cenicienta que no vi las narices metomentodo de mis hermanas.



¿Qué te ha dicho tu tita, ehhhhhh, fregonaaaaa?Me dijo mi half-brother number one (hermanastra número 1), con ese retintín que acompañaba siempre de empujones y pellizcos. Era gorda. Tenía el pelo castaño de rizador eléctrico, digno clon de su madre.

Mi hermanastra morena era gorda también. Tenía el pelo engominado, tanto, que sus complicadas formas sinusoidales le daban tres centímetros más de altura. Me recibió como resultado del empujón anterior y me rebotaba.

Eso, eso. ¿Qué te ha dicho? ¡Dínoslo!

¡No! ¡Dejadme! ¡Sois unas pesadas!—les grité, liberándome de ellas a empujones. Eran unas cotillas; por nada del mundo les contaría mi gran ilusión.

Salí corriendo de la cocina en dirección a la puerta de entrada de nuestra casa. Gorda 1 y Gorda 2 me seguían, chillando frenéticamente. En el jardín podría perderlas de vista durante un tiempo. 

Entonces, llamaron al timbre. Mi tendencia fue abrir la puerta, pero mi madrastra apareció de la nada, me dio un empujón -¡cómo los odio!- y abrió ella. 

Holaaaaa, buenas tardessssss, ¿en qué podemos ayudarle?—preguntó, afinando su voz trompetera. Las gordas se habían colocado detrás de su madre.

—Buenas tardes, señora.

No podía ser verdad: era él. 

Yo me quedé detrás de la puerta, quieta, encogida, sin apenas respirar, como un conejillo asustado esperando que no le descubrieran ni sus hermanas, ni su madre, ni su príncipe azul. Me moría por plantarme delante y decirle: "¡Hola! ¡Soy yo! ¡Mírame!", pero ese no era el momento adecuado. Mirándome de arriba abajo me dí cuenta de que el polvo me cubría hasta las pestañas y olía a ternero asado. 

Quería preguntarle si por casualidad conocía usted a la dueña de estos zapatos.

¡Yo, madre, yo!gritó Gorda 1.

¡No, yo, yo!gritó también Gorda 2.

Mis hermanas estaban deseando probárselos, cómo no, y daban saltitos de impaciencia. ¡Ilusas! En la vida les podrían caber mis preciosos zapatos.

Vaya, vaya. ¡Qué bonitos zapatos! Creo que podremos ayudarle...parecía asegurar mi madrastra.

¿De verdad? ¿Sabe de quién son?

Ainsss... Su voz me recordaba al sabor de un dulce y cremoso caramelo de leche que se deshace lentamente en la boca. 

Pase, pase. No se quede en la puerta.




¡Horror! ¿Qué podía hacer? Mi madrastra lo agarró de un brazo y lo condujo hacia el comedor de invitados. Mis hermanas revoloteaban alrededor de él como dos abejorros, y yo aproveché para escabullirme de allí, agazapándome tras ellas. Fue un segundo, un segundo en el que otra vez me sentí la mujer con más mala suerte del mundo entero porque, con las prisas, pisé al príncipe y me caí redonda como un peso muerto al duro suelo. Mis hermanastras chillaron, su madre las secundó, y Miguel se abalanzó sobre mí para echarme una mano. ¡Ay, Señor! ¡Qué cuadro! Me cogió por la cintura e intentó levantarme.

Perdona, ¿te has hecho daño?

—No, no, gracias. No ha sido nada.

Nuestras miradas se cruzaron imperceptiblemente. ¡Qué podía decir! Yo no quería que se diera cuenta, así que me enderecé rápidamente y corrí como aquella noche. ¡Qué ironía! Era el mismo dolor, pero con ropaje distinto. Y ya en la cocina esperé, hecha un manojo de nervios, mordiéndome las uñas, rascándome los brazos, sacudiéndome el polvo que me decoraba. Hasta que apareció mi madrina como por arte de magia.

¡Tía! ¿Sabes quién está aquí?le dije, imitando los saltitos de mis hermanastras. 

Sí, lo sé.

¿Y qué vamos a hacer?le pregunté, nerviosa.

¿Cómo que qué vamos a hacer? Me ha dicho tu madre que salgas, venga, no la hagas esperarme dijo ella, empujándome.

¡No, tía, no! ¡No quiero que me vea así, no!le supliqué, luchando contra ella.

¿Qué te pasa ahora, cariño? ¿No estabas deseando encontrarte con él? Ahora tienes la oportunidad ¡venga!—Y volvió a empujarme.

¡No, por favor, no! ¡No me obligues!Empecé a llorar. Mi tía no tuvo compasión de mí y me llevó a rastras, prácticamente.

Cabizbaja entré en el comedor. Una de mis hermanastras lloriqueaba en una esquina. La otra gritaba enfada que no podía ser, que esos zapatos tenían que venirle, mientras que su madre le chillaba que se callara. El príncipe, perdón, Miguel charlaba con Sebastián. ¿De qué?, me preguntaba yo.

Esta es la chicale dijo Sebastián, guiñándome un ojo.

Ya nos conocemos ¿verdad?contestó él, mirándome con su sonrisa profident.

¿A qué se refería? ¿A hace unos días? ¿A hace un rato? No sé. Estaba demasiado nerviosa como para leer de forma seguida las mentes de dos hombres.

¿Quieres que me pruebe esos zapatos?le pregunté, mirándolo tímidamente a los ojos.

Gorda 1 empezó a llorar con más ímpetu, animando a la Gorda 2 a elevar el tono de su voz y haciendo que su madre la imitara.

¡Ya basta!gritó mi madrina, imponiéndose con fuerza—. ¡Terminemos con esto de una vez!Y se hizo el silencio.

Me gustaríasusurró Miguel.

Me senté en una silla y me coloqué los zapatos, que entraron como un par de guantes en mis pequeños pies.




Hasta aquí puedo decir que mi historia es la de una Cenicienta más. A partir de aquí, no puedo decir lo mismo. La vida, como todos sabemos, da muchas vueltas y no suele ser de color de rosa, ese color con que suelen pintar todos los cuentos de príncipes y princesas. Mas bien, tienes que pintarla tú, y será del color que tú quieres que sea.

Aquella fama de playboy era cierta. Tardé bastante en decidirme a montarme una historia seria con él. Nadie puede cambiar su vida de la noche a la mañana, y menos un ricachón de pueblo que bebe caipiriñas todos los días. Mi interrogatorio no tardó en llegar y reconoció sus coqueteos (vamos a dejarlo así). Sin embargo, obras son amores... Se vistió de sayal y ceniza, ¡nooooo! ¡Es broma! Día a día veía sus desvelos por estar a altura de, por lo menos, el mejor de los príncipes: dejó de sobar a unas y a otras, bebía menos, ya no trasnochaba como antes y dejó las amistades peligrosas. Me cortejaba a mí y solo a mí. Hizo más amigos, volvió a descubrir lo maravilloso que es el mundo que estaba escondido bajo sus pies y seguíamos bebiendo mojitos, sólo que con más glamour. Yo también tuve que aprender a salir de mi estado adolescente de embriaguez. Andaba loquita por él, por salir por ahí y comernos el mundo juntos. Menos mal que tenía una madrina, para no despistarme.

¿Celebramos una no-boda?me preguntó un día Miguel, muy serio.

¿De qué estás hablando?Ni loca iba yo a celebrar una falta de compromiso tal. ¡Por encima de mi cadáver!

—Jajajaja, ¿y qué hacemos entonces?

Miguel y yo celebramos nuestra boda por todo lo alto. El pueblo se cubrió de luces, flores y serpentinas. Mi padre regresó de su interminable viaje para ser mi padrino, y mi madrina fue mi madrina, sí, como no podía ser menos. Las tres mosqueteras también vinieron, más tristes que contentas. ¡Lo que fardé delante de ellas! ¡Me iba de luna de miel por Italia!

Y vivieron felices y comieron perdices... ¡Uf! Nunca me gustaron esos finales de cuento, que no saben a nada, pues aciertan muy poco. Pelamos muchas perdices y tuvimos que construir y reconstruir muchos castillos felices. Pero, ¿y lo bien que lo pasamos?



4 comentarios:

  1. Hola! Te he nominado al premio “The Cracking Chrispmouse Bloggywog Award”
    http://ainaponstriay.wordpress.com/2014/03/17/the-cracking-chrispmouse-bloggywog-award/#more-123

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    1. Gracias Aina!! Un placer tenerte por aquí...

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  2. Hola Elena! he llegado a este relato desde Literautas, me ha gustado mucho.. Es mas extenso que las 750 palabras no? me gustado mucho. Me voya a estar dando vueltas por aquí por que estoy empezando con esto del blog. te dejo mi blog para que lo visites. cuentoconvoz.esy.es saludos!! nos seguimos leyendo!

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    1. Gracias por leerme, Franco Daniel!! Sí, como tú dices el relato del blog es un poco más largo. Me alegra mucho que te haya gustado.
      ¡¡Ánimo con el tuyo!! Te visito pronto!!

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