lunes, 7 de abril de 2014

Los vigilantes

Los nuevos que llegan a esta sección no saben que se les puede complicar el trabajo. Vigilamos el Parque del Alamillo de Sevilla desde tiempos inmemoriales. Así que si nuestras experiencias pueden ayudar a las siguientes generaciones, bienvenido será.




Cierto hecho transcurrió en la mañana del 28 de febrero del año 2013, Día de Andalucía. Además de ser día festivo, ese año se cumplía el vigésimo aniversario de la apertura del parque al público y numerosas personas podían reunirse en él por la cantidad de celebraciones previstas.

Llegué al parque a las 7 de la mañana. Solemos incorporarnos de forma progresiva, por lo que aproveché mi soledad para dar un paseíto, como otras veces. Entré por la Puerta Norte y caminé hacia el Lago Mayor. 



Desde un banco situado en una pequeña colina contemplé cómo el cable esquí era movido sólo por la leve brisa que procedía del río. Los primeros rayos de sol acariciaban ya la superficie del lago. Me extrañó que ningún martín pescador planeara sobre las aguas. Tampoco los patos chapoteaban por la orilla. Miré a mi alrededor: el parque estaba callado. Los árboles no me contaban nada: ni los chopos más próximos a la ribera, ni los olmos más alejados de ella. ¿Qué ocurría?



Me fijé en un periódico abandonado en el banco. ¡Hay gente que no aprende! No merece la pena aparecerse, lo digo de verdad. El diario estaba arrugado y mojado por la humedad. Lo cogí con la intención de tirarlo y seguí mi paseo. Un par de conejos, corriendo frenéticos, cruzaron hacia las formaciones boscosas más próximas. ¡Qué raro! ¿Por qué tanta prisa?



Quería bordear el parque. A la altura del Lago Menor está estacionado el Tren de Paseo. Oí sonar unas ramas secas al pisarlas. Mirando hacia el otro lado del tren intenté captar posibles movimientos entre las sombras. ¡Qué diantres! Nada está oculto a nuestros ojos, pero en ese momento podía jurar que no veía nada.




Había dejado caer el periódico. Bajé la mirada y leí que era del día anterior. En la portada venía la siguiente noticia: «A tres se elevan los muertos por explosión en la cárcel Sevilla 1». La comunicación entre secciones deja mucho que desear. Ya sé que hay mucho trabajo, ¡pero la comunicación instantánea hay que optimizarla!



De nuevo el sonido. Levanté la vista y pude verlos. Con la creciente claridad del día, más allá del tren, tres hombres vestidos de negro decoraban unos pobres sauces. No eran guirnaldas. Tenía muy mala pinta. Esto se va aprendiendo con la experiencia. En nuestra organización sabemos que todo ocurre por algo; no como algunos hombres que creen en el azar y nada tiene sentido para ellos. Relacioné la noticia del periódico con lo que estaba presenciando en ese momento. Además, era el Día de Andalucía. Pertenecían a mi quinta, casi seguro.




A través del santo y seña pedí ayuda; es lo mejor en los momentos apremiantes. Ya habían aparecido los primeros ciclistas y gente corriendo. En breve, se sumarían un montón de familias con sus neveras. No disponía de mucho tiempo. Aparecieron dos compañeros y en un santiamén habríamos tenido acorralados a los presos si no fuera porque una pareja de enamorados vino a recostarse entre ambos.




En ocasiones podemos vernos en el dilema de saber quién necesita realmente nuestra ayuda. O iba a la caza y captura de aquellos tres prófugos, evitando un mal mayor (muertos por doquier y seguro cierre del Alamillo), o avisaba a esos dos jóvenes del peligro que corrían. La huella en sus almas aún era muy leve. Podrían entendernos si lo intentábamos otro día. Elegí el mal mayor.




Hice que saltaran los aspersores de agua y los chicos, calados, corrieron hacia los baños del cortijo. Vía libre. Mis ayudantes fueron por detrás y se abalanzaron sobre dos de los espectros. Yo me fui hacia el otro, que se escapaba en dirección al lago. Los sonidos guturales que despedían sus gargantas embravecidas pueden paralizar al principio. Se retuercen como serpientes. Menos mal que nadie suele verlos ni oírlos. Con nuestros infrarrojos los mandamos a la antesala del averno. No se habían ganado la gloria, precisamente.



Después de retirar las cargas de pólvora, el parque volvió a ser el mismo de antes: un paraíso donde esponjar el espíritu. Pero ojo, nunca hay que perder el estado de vigilia, en cualquier momento pueden necesitarnos.

El periódico, por supuesto, desapareció.






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