miércoles, 11 de junio de 2014

El circo Belle Époque

—Sí, ha sido mi tía abuela. Estoy segura.

A pesar de mi afirmación rotunda, a los policías encargados de investigar la desaparición de mi novio se les escapaba una sonrisa.




Mi tía abuela Rosario había muerto de un ataque al corazón hacía tres años. Yo era la única persona que vivía con ella desde que era una cría y cuidábamos la una de la otra.

Cuando era muy pequeña, mis padres, acróbatas de profesión, decidieron dejarme en su casa por una promesa de giras circenses por Europa. Quería haberme ido con ellos y que aquella fuera también mi vida. ¿Quién iba a dar el biberón a las crías de león recién nacidas?



Quince años después de la fuga familiar todavía me pregunto por qué era incompatible volar por los aires subidos en un trapecio con criar a una hija. Ahora dicen que las mujeres de circo aprenden a ser acróbatas de la vida. Las otras sustituímos las carpas por la inmensidad del cielo y la atención del espectador por la de una abuela que me enseñó que se peca de bobo si se le da más carne al lobo.



Mi tía abuela había sido domadora de leones en su juventud, hasta que una de sus bestias le arrebató gran parte de su mano derecha y una prometedora carrera dentro del mundillo de la farándula. El director del circo la despidió, los payasos se rieron de ella, sus propios hermanos la desahuciaron... Intentó montar su propio espectáculo, pero nadie, y mucho menos los hombres, estaban dispuestos a dejarse dirigir por una mujer medio manca. Desde entonces, juró odiar a todos los hombres.



Durante sus últimos años, estuvo obsesionada con los chicos con los que yo salía y hacía todo lo posible por mantenerlos lejos de mí. ¡Tenía 89 años! Empezó con poca cosa: lanzándoles cubos de agua desde el balcón, añadiendo picante extra a su plato de comida o quemando sus chaquetas en la estufa de carbón que le calentaba los pies.


El último de mis novios consiguió dos entradas para un espectáculo de circo. ¡Qué ilusión! Lo llené de besos mientras escuchaba a mi tía abuela reír a carcajadas por los pasillos... Ya habitaba en la otra vida, ¡pero seguía siendo un incordio en esta! Y su táctica se había vuelto más sutil.



La función comenzaba a las doce de la noche. Buena hora; quizás algo tarde, pero era viernes y no me importó. Tardamos en encontrar el sitio indicado en la entrada: Circo Belle Époque, Camino del Cerro Viejo. ¿Por qué estaba tan lejos? Después de abrirnos camino a través de la espesura, llegamos a la explanada donde la carpa del circo se levantaba silenciosa, apenas iluminada; casi flotaba en el aire. No habían carromatos, ni caravanas, ni jaulas de animales. Curioso, sí, pero no nos llamó la atención. Cada circo tiene su estilo, y lo achacamos a eso.





El resto de espectadores llegaban con cuentagotas, ¡iban disfrazados con ropa de época! Las mujeres llevaban vestidos largos con cuellos en uve que estrechaban la cintura, bustos erguidos y peinados que les proporcionaban cierta esbeltez. Los hombres vestían chaqueta larga, camisa blanca y corbata de lazo, guantes y bastón. Con las caras blancas, o demacradas, avanzaban solemnemente, saludándonos inclinando la cabeza.




Hacía frío y nos acurrucamos el uno junto al otro en la primera fila. Por megáfono anunciaron el número principal: “¡Damas y caballeros, con todos ustedes la domadora de leones más famosa del mundo: la gran Charo Medina!". Ahogué un grito de estupefacción. De fondo sonaba la canción Incantation, que conocía del Cirque du Soleil. Todo el graderío estalló en aplausos y exclamaciones de admiración, cesando con idéntica fuerza al comenzar a salir los leones en fila, que dando vueltas alrededor del escenario hipnotizaban con su paso. Yo, embelesada, pensaba para mis adentros que no podía ser, que ella no podía haber organizado todo aquello...



Entonces, ¡mi tía abuela salió vestida de amazona y con sesenta años menos! ¡Juraría que era ella! No dejaba de mirarnos sonriendo astutamente, moviéndose con soltura en medio de sus queridos leones, soltando latigazos aquí y allá cuando veía necesario.

Se había acercado tanto a nosotros que temí por nuestras vidas. Como dice el refrán: “Junta de lobos, muerte de oveja”. Cogí de la mano a mi pobre novio. Al levantarnos, mi abuela, con una sola palabra, lanzó a sus leones sobre él. Chillé con todas mis fuerzas, como poseída, pero fue en vano. El gentío había desaparecido, así como la carne entre las fauces de esos animales demoníacos.



Un silencio sepulcral inundó la habitación en la que me encontraba. Los policías ya no sonreían; me miraban, absortos en mis palabras. Sin embargo, yo no estaba loca. Ellos eran los incrédulos.

La comunicación entre este mundo y el otro existía; mi tía abuela me lo había demostrado.

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