viernes, 21 de noviembre de 2014

Los vigilantes (v2)

Los nuevos que llegan a esta sección no saben que se les puede complicar el trabajo. Vigilamos el parque del Alamillo de Sevilla desde tiempos inmemoriales. Hasta Cervantes lo nombra en una de sus obras. Pero, actualmente, este parque no es famoso tanto por su aparición en los libros como por tratarse de una amplia zona de reunión y divertimento de miles de personas que acuden a él por variados motivos. Es, además, un magnífico ejemplo de cómo pueden llegar a convivir en paz y armonía los hombres, la vegetación y los animales que moran en él.

La belleza extraordinaria consecuencia de tal equilibrio tiene un alto precio, y no siempre es fácil conservar ese concierto entre mundos tan dispares. Así que si nuestra experiencia puede ayudar a las siguientes generaciones, bienvenido será.



Contaré uno de los últimos sucesos, transcurrido durante la mañana del 28 de febrero del año 2013, día de Andalucía. Además de ser día festivo, ese año se cumplía el vigésimo aniversario de la apertura del parque al público y numerosas personas podían reunirse en él por la cantidad de celebraciones previstas.

Ese día hacía yo el servicio y llegué al parque a las 7 de la mañana. Nosotros solemos incorporarnos de forma progresiva, por lo que al ser el primero aproveché mi soledad para dar un paseo. Al igual que otras veces, entré por la puerta norte y caminé hacia el lago mayor. 




Desde un banco situado en una pequeña colina contemplé complaciente cómo el cable esquí era movido por la leve brisa que procedía del río. Los primeros rayos de sol acariciaban ya la superficie del lago. Me extrañó que ningún martín pescador planeara sobre las aguas. Tampoco los patos chapoteaban por la orilla. Miré a mi alrededor. El parque estaba callado. Los árboles no me contaban nada: ni los chopos más próximos a la ribera, ni los olmos más alejados de ella. Era raro.

Miré hacia la izquierda y me fijé en un periódico del día anterior abandonado en el banco. ¡Hay gente que no aprende! No merece la pena aparecerse, lo digo de verdad. El diario estaba arrugado y mojado por la humedad de la noche. Lo cogí con la intención de tirarlo, lo sacudí un poco y seguí mi paseo. Un par de conejos, corriendo frenéticos, cruzaron la senda por la que andaba hacia las formaciones boscosas más próximas. ¿Por qué tanta prisa?, pensé.




Quería bordear el parque. A la altura del lago menor estaba estacionado el tren de paseo. Entonces, oí el sonido que suelen hacer las ramas secas al pisarlas. Tan temprano no podía haber nadie por allí. Mirando más allá del tren intenté captar posibles movimientos entre las sombras. ¡Qué diantres! Nada está oculto a nuestros ojos, pero en ese momento podía jurar que no veía nada.




Había dejado caer el periódico. Lo busqué con la mirada y leí la noticia que encabezaba la sección de sucesos: «A tres se elevan los muertos por explosión en la cárcel Sevilla 1». ¡Y yo no me había enterado! Es importante estar al tanto de las noticias destacadas que han ocurrido en la ciudad en los últimos días; y más nosotros, que somos los que velamos por la seguridad de los humanos que se mueven por los sectores cercanos al lugar del siniestro. Lo que pasa es que la comunicación entre departamentos siempre ha flojeado. Hay mucho trabajo, hay muchas personas con una casuística muy distinta, hay de todo en este mundo, sí, ¡pero la comunicación instantánea hay que optimizarla!




De nuevo aquel crujido llamó mi atención. Levanté la vista y pude verlos. La creciente claridad del día había desvanecido ya las sombras de la noche. Advertí que tres hombres vestidos de negro pegaban algo en el tronco de uno de mis sauces, y no eran guirnaldas. Es corriente que las familias vengan al parque y celebren los cumpleaños de los niños colgando tiras de papel de distintos colores en los árboles, cosa que permitimos sin más miramientos; pero este caso no era nada corriente. Tenía muy mala pinta.

He de decir que solo la experiencia de siglos ayuda a saber distinguir lo maligno de lo benévolo. En nuestra organización sabemos que todo ocurre por algo, todo tiene una causa inicial sin la cual no podría existir; no como presumen aquellos que creen en el azar y para quienes nada tiene sentido o explicación. El periódico no había venido a mí por casualidad. Quizás lo abandonó en el banco alguien ajeno a esto; quizás no. Relacioné la noticia leída con lo que estaba presenciando en ese momento. Además, era el día de Andalucía, y sabemos que durante este tipo de celebraciones existe mayor probabilidad de que pueda ocurrir cualquier cosa en un parque metropolitano.

Aquellos tres seres aullaban palabras ininteligibles. Sufrían por alguna razón: cojeaban arrastrando sus piernas; por sus bocas caían babas espumosas y sanguinolentas; sus ropas quemadas dejaban ver heridas que segregaban pus. Sabían perfectamente lo que tenían que hacer, pues no respondían a orden ninguna, actuando de forma mecánica. De este mundo ya no eran. ¿No se habían dado cuenta y continuaban por donde lo habían dejado? En una de mis clases de la academia me habían contado que podía ocurrir. Pertenecían a mi quinta, estaba seguro.

A través del santo y seña pedí ayuda; es lo mejor en los momentos apremiantes. Apretando uno de los botones de mi pulsera, todo el parque quedó envuelto en un haz de luz roja. Apareció una estrella titilante entre las copas de los árboles, que comenzó a expandirse formando una bóveda blanca y brillante que cubrió la zona en la que estábamos nosotros.




Ya habían aparecido los primeros ciclistas y gente corriendo. En breve, se sumarían un montón de familias con sus neveras. Algunos hombres montaban los escenarios para las actuaciones. No disponíamos de mucho tiempo. Aparecieron dos compañeros y en un santiamén habríamos tenido acorralados a los presos si no fuera porque una pareja de enamorados vino a recostarse entre ambos.

En algunas ocasiones podemos vernos en el dilema de no saber quién necesita realmente nuestra ayuda. O íbamos a la caza y captura de aquellos tres prófugos, evitando muertos por doquier y seguro cierre del Alamillo, o avisábamos a esos dos jóvenes del peligro que corrían por venir a besuquearse al parque. Es peligroso porque mengua las fuerzas vitales del ser humano. El alma se debilita cuando no se hacen las cosas bien. ¡Qué no son seres espirituales! ¡Que son muy limitados e imperfectos! Pues nada, esto es algo difícil de entender con amor y pasión de por medio. Sin embargo, sondeando sus almas, vi que la huella que había en ellas aún era muy leve. Como seguro que volverían, podríamos intentar que nos entendieran en otro momento.




Hice que saltaran los aspersores de agua y los chicos, calados, corrieron hacia los baños del cortijo. Vía libre. Mis ayudantes fueron por detrás y se abalanzaron sobre dos de los espectros que, viéndose descubiertos, habían empezado a correr como sus magulladas piernas les permitían. Les sujetaron los brazos a la altura de la espalda e hicieron que se arrodillaran en la hierba. Yo me fui hacia el otro, que se escapaba en dirección al lago. Le pisé los talones, perdió el equilibrio y, al caer al suelo, lo agarré con fuerza. Los sonidos guturales que despedían sus gargantas embravecidas podrían paralizar a cualquiera. A nosotros no. Se retorcían como serpientes y chillaban como bestias hambrientas. Menos mal que ningún humano puede verlos ni oírlos.

Aunque eso era lo que yo pensaba hasta que observé con estupor cómo el chico enamorado había vuelto a por un bolso olvidado, quedándose atrapado dentro de la bóveda. Nos miraba, paralizado por el terror y con la cara desencajada. ¡No podía ser! ¡Era uno de aquellos humanos que poseían la percepción transcendental! Uno entre un millón, suelen decir los expertos.

Mis compañeros y yo, mirándonos desconcertados por el descubrimiento, encendimos nuestros infrarrojos los tres a la vez, los colocamos en las nucas de los espectros y los mandamos a la antesala del averno. No se habían ganado la gloria, precisamente.


La bóveda se plegó en su original punto de luz, que salió disparado perdiéndose por el bosque. El chaval humano recuperó la movilidad de sus piernas y corrió hacia el cortijo. No lo seguimos: registramos sus rasgos faciales y lo pudimos localizar en otro momento. Pero esa es otra historia.

Retiramos los explosivos que decoraban el tronco de mi pobre sauce y el parque volvió a ser el mismo de antes: un paraíso donde poder esponjar el espíritu. Los animales correteaban de nuevo entre los matorrales, los árboles sacudían tranquilos sus ramas y los sevillanos continuaban con su diversión. Pero ojo, nunca hay que perder el estado de vigilia, en cualquier momento pueden necesitarnos.




El periódico, por supuesto, desapareció.



(*) Este relato está publicado en el segundo libro del Taller de Escritura "Móntame una escena" promovido por Literautas, y que se puede descargar aquí. Se trata de una versión más extensa que la que publiqué hace meses, por eso la he llamado versión 2.

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