miércoles, 3 de diciembre de 2014

Arte urbano

¿¡Dónde están los niños!? —Chilló, golpeando su mesa de trabajo con la mano.

El director escupía las palabras que caían sobre mí como esas primeras gotas de lluvia otoñales que molestan porque te mojan azarosamente: el pelo recién peinado, los brazos desnudos al aire, los pies con los zapatos de verano... Pero sobre todo es en la cara donde me parecen más fastidiosas.

Para evitar mojarme, y no por apocamiento, agaché la cabeza tras ver cómo la palma de su mano pasaba del color carne al rojo granate en un segundo. No aceptaba mis explicaciones, no entendía nada. Normal. Yo, con el ceño fruncido, sí sabía quién me lo podía aclarar. ¡Cómo no se me había ocurrido antes!





Era la maestra de Educación artística y me habían encargado decorar la pared del patio que se encuentra detrás de una de las porterías del campo de fútbol del colegio. El consejero de Educación venía a presenciar un partido entre los mayores y la suciedad de aquella pared molestaba. 

Yo hubiera preferido endosarle el trabajo a un grafitero nada vandálico (leí que en un cole de Palencia había tenido mucho éxito); idea que no pasó el pequeñísimo filtro del director. Con la crisis económica arrugando los bolsillos tenía que buscarme la vida.

A mis alumnos les encantaba pintar, y una pared era para ellos el edén prohibido. ¿Qué pintamos, chicos?, les pregunté, y ellos, raudos como centellas, imaginaron su mundo ideal: prados, cabañas, ríos, nubes, arco iris, flores gigantes, animales del arca de Noé... Todo lo que se les pudiera ocurrir a sus emprendedoras mentes. 

Aproveché ese entusiasmo y todos los días bajábamos un rato al patio con nuestro magnífico equipo de pintura, prestado por mi abuela Elisabeth. Ella conocía a mucha gente. Yo no sabía de dónde sacar los materiales. La pareja perfecta, diría la gran mayoría de los desconocedores habitantes de esta ciudad. ¡Ay! Solo un pequeño círculo de amigos íntimos sabía que mi abuela no era una persona normal. Había sido una estúpida por confiar en ella.

Ante nuestro muro perfilamos con spray negro las figuras de todos sus habitantes. Era “nuestro” y así lo veía en los niños. Sus caras expresaban la alegría nerviosa de lo novedoso. Cada uno se hizo responsable de un par de plantillas y de un trozo de pared. Se movían nerviosos de un lado a otro, concentrados en su trabajo artístico. Me sorprendió que dibujaran tan bien, apenas se equivocaban en los trazos... Después de perfilar, rellenaron. Aquéllo fue una explosión de colores. La pintura salía de forma fulminante de los botes y se fijaba perfectamente en la masa. Yo me ocupé de darle profundidad al conjunto, abrillantar por aquí y por allá, y escribir frases que reflejaran valores humanos. Había quedado impecable.




El día después de haberlo terminado, los chicos parecían un poco tristes. Íbamos a tomar un desayuno más especial esa mañana; pero acabado ya su mundo ideal, ni los pasteles ni los batidos prometidos hacían que prestasen atención a mis explicaciones. Continuamente estiraban el cuello para mirar por la ventana hacia la pintada que relucía en silencio en el patio.

Venga, chicos, ¡podéis bajar!

Decidí ir a hablar con el director y pedirle otros muros en los que pintar. Eso les haría felices. Pero el director, fiel a su estilo, me dijo que no. Los mundos ideales no deben pintarse en una pared.

Dominica, limítese a su programa. La decoración de esa pared era algo excepcional, ya sabe.

Sí, guardar las apariencias es lo que tiene —dije en voz baja. Me dieron ganas de fulminarlo con un rayo allí mismo. Pero no era como mi abuela.

Enfadada, me dí la vuelta y fui a buscar a los chicos. Encontraríamos otra cosa.
Cuál fue mi sorpresa que, al llegar al muro, no los encontré. Recorrí todas las zonas exteriores y los pasillos del colegio. Nadie les había visto. ¿Regresaron a clase?, pensé. Subí. Bajé. Nada. Del colegio no podían salir; cerraban con llave. Quince niños no pueden desaparecer sin dejar rastro alguno. 

Con la respiración entrecortada pasé la mirada por las figuras del grafiti. Sintiendo el latir alterado de mi corazón, vi cómo la superficie de la pared se movía como si de una ola se tratara. Mareada por el vaivén, escuché voces lejanas que provenían de su interior... ¡Oh! Recordé una película, cuyo nombre no importa, en la que el protagonista se adentra en un mundo de ensueño. La pintada ya no me pareció algo inerte, ¡tenía vida propia! 

¡Qué tonta había sido! La imagen de mi abuela, vestida con lo último de Dior y maquillada por Givenchy, apareció nítida en mi mente. ¿Sería posible? Desde la cuna, mi abuela, ya movía todos los objetos que quería con un solo chasquido de sus dedos. En la escuela hacía brebajes con ingredientes extraños que producían severas indigestiones. A sus novios universitarios les provocaba erupciones cutáneas cuando los veía besándose con otras. Mi abuelo la dejó porque no soportaba sus neuras. Desde el Consejo Mayor estaban hartos de llamarle la atención. Me suplicó que me fuera a vivir con ella. Eso sí, tenía que tener su palabra de que no volvería a usar la magia.

Después de poner al tanto al director de la desaparición de la clase, éste llamó a la policía. En cuanto me fuera posible tenía que hablar muy seriamente con mi abuela. ¿En qué mundo estaban mis alumnos de Primaria?





(*) Fotos tomadas de la página web del diario palentino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario