domingo, 22 de marzo de 2015

Nadie es una isla

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro…

De pie, Sara parecía emocionada. No levantaba la vista del suelo. Tenía los brazos cruzados a la altura del pecho y hablaba ante todos los que estábamos allí; sentados en un círculo que, para mí, empezaba y terminaba en ella.




Los integrantes de esa circunstancial comunidad teníamos algo en común: eso que suelen llamar terapia. La gran mayoría sufría mucho. Todos éramos adictos a algo: al juego, al sexo, a la bebida... Yo, a Internet. Ella era adicta a sí misma.

Entonces, comenzó a hablar:
Conozco a cierta persona —me miró un segundo y volvió a bajar los ojosdesde hace meses. Es el único que ha sabido escucharme...

No conocí a Sara como ocurre en las películas: chico se tropieza con chica en la puerta de la clínica y surge la atracción. No. Contactamos a través de una web para ligar por Internet. Yo era usuario habitual de los chats y de las redes sociales. Podía pasarme horas conectado a ellos. En el trabajo, en casa, a través del móvil... daba igual.



Mi perfil de presentación en aquella página para ligar era el siguiente: “Hombre atractivo desea hablar contigo de lo que quieras”; con foto añadida de “mis” pectorales robada a un modelo anónimo. 
Hoy, tras meses de terapia, reescribiría esa frase: “Hombre solitario y con problemas de comunicación quiere conocer mujeres que no busquen nada...”. Solo quería conversación fácil e intrascendente. Si había suerte, un polvo rápido tras caerle en gracia a la chica. Me excitaba poder conseguirlo sin ningún tipo de esfuerzo.
Sara vio mi perfil, y yo, por inercia, le mandé un “hola” por el chat. Enviaba muchos “holas” al día, pero casi ninguno era contestado. Podía mantener cinco o seis conversaciones a la vez, tal era mi pericia. “Hola. Busco adorador”, fue su respuesta. Se anunciaba con una foto muy sexy, que no era de ella.




Yo pensaba que cada persona era una isla, que nadie necesitaba de nadie —afirmó Sara—. Mi vida se ha centrado en pisotear a mis compañeros para escalar puestos en la empresa y darme todo tipo de lujos: las cremas más cotizadas, los masajes más espectaculares, la comida más exótica y extravagante. Muchas noches de juerga con chicos. El maldito Internet hace que te creas la dueña del mundo. — Ahora nos miramos fijamente: — Él tiró la piedra que ha resquebrajado el muro que yo sola había construído a mi alrededor.

Yo estaba muy harto de ese mundo virtual y sus satélites cuando la conocí. Día y noche vivía para ellos. Con Sara apenas pude intercambiar más de cinco frases por Internet. Ella buscaba un esclavo capaz de seguirle intelectualmente, al que no le importara ser despreciado, y poco más. Dependía de la decisión de su majestad. 
Me di cuenta de que era una egoísta superlativa, que en su mundo solo existía ella misma. Y se lo dije. En los chats pueden decirse cosas a gente desconocida que cara a cara no les dirías. Otra tía rara”, pensé, y le aconsejé que lo dejara. No sé. A lo mejor me lo estaba diciendo a mí mismo. Ahí podíamos encontrar muy fácilmente lo que ambos buscábamos, pero estaba harto de tanta mente disparatada. Yo no quería ser despreciado por nadie.



Un día le dije a Manuel que quedásemos, y me contestó que no, que iba a darse de baja. —Miraba absorto sus labios carnosos, que temblaron de forma imperceptible—. Le dejé mi teléfono en el chat y me llamó varias semanas después —continuó—... Fueron las mejores noches de mi vida.

Sara paró de hablar un momento. Quizás pensaba en cómo continuar.



Yo acababa de empezar en la clínica, pero tuve que quedar con ella. No podía resistirme a una mujer que me decía: “Manuel, necesito verte”.

Él estaba yendo a un sitio donde trataban su enfermedad. Había tocado fondo y quería cambiar. Yo era una idólatra, eso me dijo... Por este motivo y por este otro... —Se limpió los mocos con la manga del suéter. Resopló y siguió: Me preguntó si había leído “¿Por quién doblan las campanas?”. “Nadie es una isla ¿sabes? Imagínate que todos los hombres unidos formásemos la tierra de un imaginario país. Cualquier corrimiento lo menguaría. Cualquier atentado o vejación contra un solo hombre afectaría a toda la humanidad”... ¿Había enloquecido? Nunca había oído nada igual, acostumbrada como estaba a no ver más allá de mis narices.

Enloquecí, sí, como decía Sara, hasta saborear las heces del enfriamiento emocional. Necesitaba recuperar mi dignidad, necesitaba ilusionarme y amar.

Por eso estoy aquí. Quiero recuperar la ilusión perdida. ¡Ese es el milagro! Gritó Sara. Lo mismo nos había ocurrido a todos los allí presentes. Hoy esas campanas doblan por mí.


1 comentario:

  1. Hola compañera soy Dianet participante en el taller para el libro volumen 3 de Literautas. He leído tu relato y me ha gustado. Es algo muy cotidiano y realista hoy en día. Enhorabuena.

    Un saludo.

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