miércoles, 1 de abril de 2015

Dominica busca ayuda

(*) Este relato puede considerarse continuación de este otro (pincha en el enlace): Arte urbano

Cuando abrí la puerta me recibió una humareda asfixiante. Sonaba el teléfono y hacía mucho calor. No estaba en unos baños turcos precisamente —aunque gustosa hubiera hecho el cambio por alguien de Estambul—, estaba en la oficina del detective privado Augusto Castillo y el humo provenía de los cigarrillos apagados en el cenicero de su escritorio.