miércoles, 1 de abril de 2015

Dominica busca ayuda

(*) Este relato puede considerarse continuación de este otro (pincha en el enlace): Arte urbano

Cuando abrí la puerta me recibió una humareda asfixiante. Sonaba el teléfono y hacía mucho calor. No estaba en unos baños turcos precisamente —aunque gustosa hubiera hecho el cambio por alguien de Estambul—, estaba en la oficina del detective privado Augusto Castillo y el humo provenía de los cigarrillos apagados en el cenicero de su escritorio.





¿Qué hacía yo allí?, me pregunté. No era una rubia despampanante, solo una simple maestra de primaria. Tampoco llevaba sombrero de alas anchas, sino un viejo gorro de lana. Mis gafas eran chinas. Unos vaqueros rotos y un suéter de cuello vuelto sustituían al vestido de noche de la hipotética rubia, y mis comodísimas zapatillas Nike no tendrían igual entre los taconazos de aquélla.


Quería contratar los servicios de ese hombre para traer a mis alumnos de vuelta, y para algo no tan honorable: darle un sustillo de la leche a mi abuela. Detective privado para la clientela de "fuera", ese mundo en el que yo había perdido a mis alumnos; ajustador de cuentas, o eso había oído, para el gremio más minoritario al cual pertenecía mi abuela. Ella era la culpable de que yo estuviera en ese antro. Necesitaba pinturas y moldes especiales para pintar con mis alumnos una pared del patio del colegio, y la muy… había hecho desaparecer a toda mi clase dentro del muro. ¡Qué tonta! Olvidé que uno nunca debe fiarse de una bruja. Por eso, no me bastaba con que el director hubiera llamado a la policía.

Alguien cogió el teléfono.

—Castillo al habla.
—…
—Sí, no te preocupes. Te espero. —Y colgó.

El aire que entró de la calle aclaró un poco el ambiente. Augusto Castillo se levantó de su silla y se dirigió hacia mí. Llevaba una camisa blanca sudada, unos vaqueros negros, el pelo rizado y no habría llegado aún a los cuarenta. Guapísimo. ¡Quién fuera ahora la rubia de bote!

—¿Dominica? —Ante un leve asentimiento de cabeza estrechó mi mano y me llevó a la silla—. Siéntese, por favor.

Debía mantener la cabeza fría, a pesar de la sonrisa perfecta que tenía delante.

—Señor Castillo, gracias por atenderme… —No le dije mi nombre cuando hablamos por teléfono. ¿Quién, entonces? Empecé a sentirme como un pobre pajarillo en una jaula. Los colores subieron a mis mejillas, pero de ira, no por sonrojo. En pie, grité: —¡¿Cómo sabe mi nombre?!
—Su abuela me lo dijo —Respondió sin inmutarse. Y mi abuela ¡plof! apareció a su lado derecho.
—¡Abuela! ¡¿Qué haces aquí?! —No podía estar más enfadada.
—Dominica, cariño, no me hables en ese tono. Augusto nos va a ayudar a…
—¡¿Dónde están mis niños?! ¡Dímelo! —Me abalancé hacia ella para estrangularla, pero Augusto, desde su asiento, alzó uno de sus robustos brazos y se interpuso.
—Deje que su abuela se explique.
—Usted no tiene ni idea de lo que me ha hecho, ¿sabe? —Le dije, indignada, mirándolo a los ojos, señalando a mi abuela con el dedo índice, como hacían mis alumnos cuando querían descubrir al culpable de algo. ¿O sí tenía idea? Su cara parecía decirme que él lo sabía todo.
—Vuelva a su silla. Ahora. —Me ordenó, pronunciando con hincapié cada sílaba. Le obedecí de forma mecánica. ¿Estaría compinchado con ella?, pensé—. Elizabeth, —se dirigía ahora a mi abuela:— cuéntale lo que sabes.

Nunca más iba a confiar en ella, ni en ningún amigo suyo. Sentada en la silla, me quité el gorro y el jersey. El calor era agobiante hasta en mangas cortas. Noté que Augusto me miraba de soslayo.


—Dominica, hija, lo que ha ocurrido no es culpa mía. —dijo mi abuela, retorciéndose las manos—. Como hacía tiempo que no nos veíamos, quise buscarte el mejor material para tus niños, sin usar nada de magia, de verdad, pero no lo encontraba y —bajando la vista añadió en voz más baja— se lo pedí prestado a uno de mis antiguos jefes…
—¡¿Que se lo pediste prestado a quién?! —Grité de nuevo y mi abuela se sobresaltó. No me lo podía creer. El detective intervino:
—Verás, Dominica, tu abuela fue a ver al capo de los brujos, —le miré estupefacta—, ya sabes, el último que sigue vivo.
—Ya sé quién es, gracias —dije con ironía. Mi loca abuela había pedido ayuda a la persona más vengativa de su mundo—. ¿Y se puede saber qué le diste a cambio, eh? —Le pregunté.
—No hay problema, cariño. Hace tiempo tuve algunos flirteos con él, y se los recordé… —contestó con aire inocente.

2 comentarios:

  1. Hola. He venido a visitar tu blog que me ha parecido interesante. La continuación de "Arte urbano" me entretuvo bastante.
    Confiemos en que la ayuda que busca Dominica sea efectiva.
    Hasta pronto.
    Saludos

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    Respuestas
    1. Gracias Leonardo! Poco a poco voy sacando la historia!

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