viernes, 8 de enero de 2016

La maldición de los niños

—Ha sido eso.
—¡No!
—Sí. —dijo Augusto despacio, en voz baja—. Sabes que en el mundo de tu abuela es bastante posible.

Dominica lo miraba con odio. No creía en las maldiciones y esa no iba a ser menos.