viernes, 8 de enero de 2016

La maldición de los niños

—Ha sido eso.
—¡No!
—Sí. —dijo Augusto despacio, en voz baja—. Sabes que en el mundo de tu abuela es bastante posible.

Dominica lo miraba con odio. No creía en las maldiciones y esa no iba a ser menos.




Sentados en la terraza de un restaurante chill-out, el detective privado y la profesora de Primaria degustaban una ensalada de frutas tropicales. Ella iba envuelta en un pareo de flores, usaba gafas de sol y una pamela que apenas dejaba distinguir sus facciones. Él llevaba un bañador tipo short, gafas Ray-Ban Aviator y una camiseta de tirantes de Armani.


Aquélla última exclamación fue demasiado potente. Entre los comensales más cercanos se hizo un silencio brusco. Dominica, sintiéndose observada y ruborizada, se encajó mejor el sombrero y siguió comiendo.

—¡Mira los papeles, Dominica! —Augusto dejó el tenedor y abrió una pequeña carpeta. Era desesperante esta mujer. Cogió los papeles que la abuela de Dominica había escrito para ellos y se los acercó bruscamente a la cara con ganas de metérselos en las narices; pero ella giró la cabeza hacia un lado, rechazándolos.
—¡No quiero saber nada de tus papeles! ¿Vale? —gritó, encarándose ahora con él—. Llevo tres meses ¡tres! perdiendo el tiempo tras ese par de viejos estúpidos por las playas de Brasil, primero, y ahora por Punta Cana, viendo cómo chochean y arrastran su baba por ahí, ¡sin ningún resultado!
—Pero si están enamorados, Dominica… —El detective no pudo evitar una sonrisa. Cuando se enfadaba estaba muy divertida. Le daban ganas de estrujarla fuertemente entre sus brazos, o de ahogarla, como hace escasos minutos.
—¿Enamorados? ¡Puaj! —Escupió ella—. Me da asco tanto arrumaco. ¡Por favor, eh! Hemos seguido hasta aquí a mi abuela y a su novio porque no me fío ni un pelo de ella. ¿Nadie tiene ahora la culpa de nada? ¡Se van a enterar! —Arrastró la silla hacia atrás con la intención de levantarse.

La abuela de Dominica y su acompañante estaban sentados tres metros más allá. Ambos reían a carcajadas, brindaban con cócteles de piña colada y caipirinha, y se hacían cariñitos. “De forma escandalosa”, según Dominica.

—¡Nooo! ¿¡Dónde vas!? —Augusto se levantó lo justo para coger a Dominica de la mano. Iba a estropearlo todo y no podía permitirlo—. ¿Estás loca? ¡Siéntate! —le ordenó en voz baja mirando de reojo hacia donde estaba la pareja. Ella, deshaciéndose de su mano, se sentó de mala manera:— Tu abuela ha conseguido que él le confiese algo, ¿no? —Dominica lo escuchaba con desagrado y el ceño fruncido—. Él le prestó todos los materiales que ella le pidió, pero dice no tener idea de quién pudo maldecirlos antes de que tu abuela te los llevara… ¡Sí, Dominica, una maldición! No me mires así. Las maldiciones que se gastan en ese mundo suelen causar el mal de manera catastrófica y escalonada. Su nivel de alcance es bestial: primero, tus niños (aún no tenemos ni idea de por qué), después tú (y no me sigas mirando así, sabes que no puedes volver a España, o por lo menos no debes dejarte ver)… y ¡luego, ya veremos! Por eso tu abuela sigue ahí, al pie del cañón, buscando respuestas… —Augusto sonrió.

Dominica todavía notaba el tacto de su mano caliente.

—Yo no me creo que ese mafioso no tenga nada que ver con lo que les ha pasado a mis alumnos. ¡Pero si es el que controla los intercambios comerciales entre ambos mundos! —dijo Dominica, ya más relajada.
—Ya lo sé, y también sé que lo lleva haciendo de modo ilegal desde hace muchos años —confesó Augusto. A ella no le sorprendió.
—¿Qué vamos a hacer, entonces? Yo no quiero estar aquí de brazos cruzados. Tenemos que hablar con él… ¡Te recuerdo que esos pobres niños están atrapados dentro de un mural que pintamos en el patio del colegio! ¡Y de eso hace ya más de tres meses! —Dominica tenía la voz quebrada por la emoción al recordar a sus alumnos —. ¡Tenemos que hacer algo, Augusto!

El detective sabía que no iba a poder detener a Dominica. Estropearía el plan que él había trazado, pero estaba en todo su derecho. También sabía que Dominica no se lo contaba todo. La había visto hablar a escondidas con su abuela y esperaba el momento adecuado para exigirle una explicación.

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