lunes, 20 de agosto de 2018

Dominica y el espejo

Dominica sabía que su abuela le ocultaba muchas cosas. Tumbada boca arriba sobre la cama de su habitación del hotel, sudaba como un pollo porque era pleno verano.



Su estado de ánimo podía calificarse de excitado. Augusto la había acompañado esa noche hasta la puerta. Sabía que deseaba entrar. Le besó la mano y la miró muy fijamente. Dominica también deseaba estar con él, pero liberó su mano y cerró la puerta. Era absurdo enamorarse del detective que la estaba ayudando a buscar a sus alumnos perdidos. No y no.

Tal era su excitación, que en ese momento necesitaba saber de qué forma su abuela había podido enamorar a aquel gángster que la paseaba por ese lugar paradisíaco, en el que los cuatro se encontraban, cubriéndola de besos y abrazos. Parecían estar de luna de miel. ¿No se suponía que su abuela también la estaba ayudando? ¡Se pasaba todo el día con aquel sinvergüenza! Hasta allí les habían seguido Augusto y ella a escondidas.

La verdad es que les veía muy enamorados, como unos adolescentes... ¡Qué raro! Ella no le había conocido novio desde que abandonó a su abuelo. Recordó que su abuela era la culpable de que los niños desaparecieran en el muro pintado de la escuela. Recordó que, en su debut como bruja ante todas las brujas de España, su abuela Elizabeth fue la única vieja sabia que rehusó ayudarla con su discurso.... Y entonces cayó en la cuenta. "¡Abuela, qué has hecho!", gritó. Se levantó bruscamente de la cama y fue a la habitación de los dos tortolitos.

No escuchó ruido dentro. Abrió la puerta. Solo usaba la magia en circunstancias especiales como esa; ya que no era partidaria, como sí lo era su abuela, de vivir de ella.

En la habitación reinaba el silencio. "Seguramente estarán en la playa tomando cócteles", suspiró Dominica mirando al cielo. Se paseó por la estancia y decidió abrir la puerta del armario. Se sobresaltó al verse reflejada en un espejo. Este era redondo, con el marco de madera, no muy grande, podía sujetarlo fácilmente con las dos manos. "¿Qué hacía eso allí metido?", se preguntó. Con un espejo una bruja podía hacer muchas cosas... Tendría que investigar dentro de él.

Se sentó en una silla sujetando el espejo ante ella y trató de concentrarse mirando el cristal. Era novata, nunca lo había hecho antes. Por eso no vio nada. Qué desesperación, jolines. Como siempre, el arte de la magia se le daba fatal. Volvió a intentarlo varias veces. Y en el último intento, Dominica distinguió poco a poco, abriéndose paso entre una bruma, a una mujer que corría entre los árboles oscuros de un bosque. Era su abuela. Llevaba algo en las manos. Se paró en un claro. Había luna llena y pudo verla mejor. De rodillas, ante un espejo redondo con el marco de madera, tumbado boca arriba en la hierba, la bruja sacó lo que llevaba en una bolsa. Dos velas, una blanca y otra rosa, y las puso de pie con el espejo en medio. Las encendió. Después sacó dos fotografías. Una de ella, que colocó debajo de la vela rosa, y otra del gángster, que puso debajo de la vela blanca, ambas de cuerpo entero. Entonces, la abuela Elizabeth se puso de pie y pronunció las siguientes palabras: "Por todos los poderes del fuego y de la tierra, a partir de hoy el hombre llamado Giordano cae a mis pies por amor, y queda prendado para siempre. No hay belleza que se me iguale, ni mujer que pueda competir conmigo. Así sea". Después, cogió las fotos y las pegó con cinta adhesiva, juntas, en el cristal del espejo, boca abajo. Sacó una pequeña pala y enterró el espejo. Echó unas semillas sobre la tierra y la regó con una regadera.

De repente, Dominica notó que una fuerza la alejaba de donde estaba su abuela. "¡Nooooo!", gritó. Sujetando aún el espejo, Giordano la agarraba por el cuello haciéndole mucho daño:
¿Qué haces tú aquí, malnacida? ¿Que tramas con ese espejo, eh?

A Dominica sólo le dio tiempo a ver a su abuela, muda, detrás del gángster. La miraba atónita y parecía estar asustada. Giordano le dio dos golpes en la cara y cayó sin conocimiento al suelo.

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